Knabengeschichte o la historia de un chico
Un cuento de Hugo von Hofmannsthal

Hans Konrad Schrieber

En las Elegías de Duino Rilke escribe: “¿Estamos aquí, acaso, sólo para decir: Casa, Puente, Fuente, Puerta, Jarra, Árbol de frutas, Ventana… posiblemente, Pilar, Torre?… pero por tal decir, oh, recuérdalo, por tal decir jamás las cosas esperaron tan intensamente ser”. Hugo von Hofmannsthal (1874-1929), en su juventud, hubiera estado de acuerdo con esta idea del lenguaje; no así el Hofmannsthal de la madurez, para quien las palabras levantan un cerco que limita las cosas que enuncian, alejándolas, irremediablemente, de su esencia. Tal es la noción que sostiene la trama de “La carta de Lord Chandos” (Ein Brief, 1903), en la que Hofmannsthal, a través de su personaje, manifiesta, sino su divorcio, sí su desencanto, sí su profunda inquietud hacia la ineficacia del lenguaje para expresar ese “misterioso, indescriptible e infinito arrobamiento” que se despierta en su interior al contemplar la naturaleza de las cosas:

Una regadera, una podadora abandonada en un jardín, un perro bajo el sol, el arruinado patio de una iglesia, un lisiado, una pequeña granja… cualquiera de estas cosas se puede convertir en el conducto de mi revelación. Cualquiera de estas cosas y otras mil similares que pasan ante la mirada ordinariamente y con natural indiferencia pueden tomar para mí, en cualquier momento… súbitamente, una sublime aura en movimiento que las palabras parecen demasiado frágiles para describir.

No es de extrañar, entonces, que tras la publicación de “La carta de Lord Chandos” Hofmannsthal haya abandonado la poesía para convertirse en dramaturgo y libretista de Richard Strauss (en las óperas Der Rosenkavalier y Elektra) con la idea de explorar otros lenguajes que lo llevarían a consumar, como quería Richard Wagner, la obra de arte total (Gesamtkunstwerk), la creación que vincularía el mundo físico con el mundo espiritual mediante la fusión de la música, el teatro y la escritura. Una búsqueda de semejantes pretensiones necesariamente tenía que expandirse, tenía que filtrarse hasta los espacios más recónditos y reducidos de la obra de Hofmannsthal, quien se había distanciado de la poesía, pero jamás de la prosa. Y es justo en la brevedad del relato “Crepúsculo y tormenta después de la oscuridad” (Knabengeschichte, escrito en 1911 y publicado en 1913) que percibimos las resonancias de su pensamiento y preocupaciones. El triunfo sobre el abismo que abren las palabras, la conexión entre la naturaleza y el alma —la idea de “pensar con el corazón”, como diría Lord Chandos— se concentran en el personaje de Euseb, un chico que experimenta el despertar del deseo sexual con todo el misterio, la voluptuosidad y la violencia que la naturaleza es capaz de desatar. Si a través de Lord Chandos Hofmannsthal declara su renuncia a la poesía, a través de Euseb expresa la intensidad y complejidad de las emociones ante la revelación de un mundo hasta entonces desconocido, la trascendencia de un momento en el que la naturaleza y el espíritu se enlazan por medio de las palabras, y, acaso, cierta añoranza por una época en la que el autor aún creía en los alcances de la poesía para articular el mundo. No olvidemos que Arthur Schnitzler se refirió al “milagro de Hofmannsthal” cuando éste sólo tenía diecisiete años.

Resta mencionar que la traducción busca reproducir el efecto que se genera a partir de la súbita transformación que se da en la conciencia de Euseb —sus miedos y percepciones, la fascinación del descubrimiento, los vuelcos de su imaginación—, toda esa energía latente que encuentra su correspondencia en la furia desbordada de la naturaleza. La elección del título (Knabengeschichte, en el original) obedece las mismas razones, y, por otro lado, sigue la tradición de las versiones que se han publicado en otras lenguas. La traducción literal aproximada sería “La historia de un chico”.

Crepúsculo y tormenta después de la oscuridad

Hugo von Hofmannstahl

El gavilán que los niños habían clavado en la puerta del granero se retorcía horriblemente hacia la noche que se avecinaba. Euseb, el mayor de ellos, permanecía bajo el crepúsculo mirando al ave. Bajo los clavos de hierro que atravesaban sus alas se disparaba la furia de sus ojos brillantes mientras se batía con la muerte. El gavilán que lo acompañaba descendió desde el aire que oscurecía, voló en pequeños y vertiginosos círculos emitiendo unos chillidos agudos como trastornado; se suspendió, rígido, con las alas extendidas y los ojos enardecidos, y se elevó abruptamente para volver a la montaña, desvaneciéndose y reapareciendo con frenéticas y erráticas órbitas. Esos chillidos y esos círculos mágicos parecían dirigirse al nubarrón que yacía ahí, relámpago en reposo quemando su propio vientre, para hacerlo caer sobre el pueblo. El niño Euseb apenas podía permanecer de pie: el terror lo asía de la garganta y no se atrevía a mirar a lo lejos. Sin embargo, recogió el martillo para ir en busca de su padre. El granero entero se iluminó bajo la pálida luz de un silencioso relámpago; a la derecha de Euseb un chotacabras barbado, perturbado por una ráfaga de viento, salió disparado de una grieta de la pared para pinchar un insecto, y a su izquierda un murciélago se precipitó hacia él. Fue entonces que Euseb sintió el impulso de dirigirse al pueblo, los dientes le rechinaban. El rayo de otro relámpago, justo frente a él, le mostró el muro del cementerio de la iglesia con todas las hendiduras donde habitaban las cochinillas. Las cruces parecían alargarse bajo el súbito resplandor, y en un fresco sepulcro del año anterior, el de un niño, un arbusto se estremecía con corazones sangrantes que florecían sobre filamentos. Pero a medida que el relámpago fulguraba y la oscuridad caía pesadamente como una sábana, una luz oblicua se deslizó desde la ventana trasera de una pequeña casa hacia el muro del cementerio. En ese cuarto dormía la hija del carnicero, la muchacha más bonita del pueblo. Todos sabían que una vez, mientras se desvestía, uno de los niños más grandes había logrado ver por un largo rato la sombra de sus pechos sobre la cortina, hasta que ella apagó la luz.

Euseb se pegó a la pared, bajo un alero donde había unas ripias apiladas; su corazón ya no latía con tanta fuerza como un momento antes. Frente a él colgaba el ternero que habían cazado por la tarde. La cabeza del animal pendía y su suave hocico aún parecía despedir un cálido aliento. Mientras estuvo ahí escondido, el niño Euseb no se dio cuenta del paso del tiempo. No escuchó los tañidos del cuarto de hora que sonaron casi sobre su cabeza, ni cuando retumbaron en el aire turbio. No puso atención al relámpago que reveló siniestramente las campanas del torreón. Sólo sentía la presencia del ternero, sólo sabía que la muchacha estaba dentro y que se iría a la cama de su habitación. Por el momento ella andaba en el salón mientras el carnicero servía un vino del año pasado a dos o tres personas que estaban ahí.

Entonces dos siluetas oscuras se acercaron a la casa. Eran sirvientes de los citadinos que tenían casas de campo alrededor del pueblo y en las faldas de la montaña. Uno portaba una levita con pantalones hasta las rodillas, el otro estaba vestido como cazador. Uno de ellos se detuvo mientras el otro siguió avanzando hasta el salón. Luego, desde una sombría esquina cerca de un efervescente pozo artesiano, una mujer abordó al hombre que se había quedado atrás, levantó las manos e intentó tomarlo del brazo. La parte baja de su figura era ancha e informe. Euseb supo de inmediato que se trataba de la sirvienta de la Corona, una joven de otro pueblo que él y los otros chicos habían espiado mientras arrodillaba su pesado cuerpo hacia el arroyo del molino para lavar su ropa; todos sabían que estaba embarazada. En ese instante el sirviente aventó a la mujer suplicante, de modo que ella tuvo que apoyar una de sus manos sobre el borde del pozo, llevándose la otra convulsivamente hasta su vientre. Sus sollozos ahogaron los murmullos del pozo. El otro sirviente salió a la puerta con la bella hija del carnicero, y el hombre de la levita habló en voz alta y con un tono extrañamente refinado, mirando de reojo a la mujer que permanecía en la penumbra.

—Eso fue el año pasado —gritó él—, y ya estamos en año nuevo. ¡Así que finis!

—¡Joseph, Joseph! —dijo ella (las palabras se desbordaron de su boca retorcida por el miedo) y comenzó a seguirlo de nuevo, pero él la rechazó con palabras afiladas que la hicieron detenerse en su camino. Le dijo que una persona en su condición debía avergonzarse de andar por las calles y de holgazanear frente a las posadas, que lamentaba haber perdido el tiempo con ella el año pasado, y que seguía lamentando cada minuto que pasaba, pues tenía mejores cosas que hacer en lugar de quedarse a su lado.

Estas navajas de palabras llegaron con una especie de cruel voluptuosidad hasta donde el niño Euseb estaba escondido. La elegancia con la que el sirviente habló y luego desapareció dentro de la posada sin mirar atrás, silbando tres acordes de una tonada, le produjeron esa sensación que a menudo experimentaba cuando las prendas de las mujeres y las chicas de la ciudad lo rozaban: de ellas se desprendía una fragancia delicada y anestésica que, al respirarla, lo colmaba de un sentimiento ambivalente en el que se sumergía con humildad, con gentileza, a la vez que algo en su interior se rebelaba con violencia. En aquel momento esa ambivalencia se apoderó de él otra vez, fue como si el secreto esplendor de la vida de los citadinos y sus sirvientes se abriera como una puerta hacia la oscuridad y lo condujera a espiar a la sirvienta —quien se lamentaba alejándose entre tropiezos, con el rostro contorsionado y su mano sobre la boca— con la idea de permanecer oculto a sus espaldas para jugarle una terrible broma que ella no sospecharía. La mujer caminaba en medio de la calle con un triste abatimiento. Él se deslizó por un costado, entre los setos que se doblaban bajo la tormenta, bajo los árboles sacudidos por la lluvia, a lo largo de los graneros cuyas maderas crujían. La tormenta de la noche arrojó suciedad y brisa sobre sus ojos dilatados, pero no reparó en ello, había perdido por completo la conciencia de su cuerpo, por varios minutos se volvió tan pequeño como las comadrejas y los sapos, todo lo que murmuraba y se ocultaba en la tierra que se estremecía; luego se volvió un gigante, se metió entre los árboles y era él quien sujetaba sus crujientes copas y las doblaba hacia abajo; era el ser terrible que acecha en la penumbra y salta en las encrucijadas; en él estaba el nerviosismo del ciervo asustado y sintió que todo el terror que la bestia irradiaba corría por su propia espina dorsal. La mujer que se tambaleaba frente a él estaba en su poder; era el caballero del pueblo y tenía muchas como ella; había encerrado a otras dos mujeres en su casa y ahí mismo llevaría a ésta; era el carnicero que se arrastraba sobre un animal enloquecido para conducirlo hacia su muerte, pero el animal estaba embrujado: había tomado la forma de la mujer que estaba frente a él. Se puso en cuclillas cuando el viento hizo una pausa y se incorporó de un salto cuando volvió a soplar; había una íntima correspondencia entre las exhalaciones del viento y su persecución secreta; el viento estaba ligado a él, y los enormes relámpagos iluminaban el sendero y sus rastros, lanzaban sus luces sobre los muros enyesados de las casas y entre los setos, resplandecían en el bosque exhibiendo las raíces de los árboles: todo para que su presa estuviera a la vista en caso de que ella quisiera escabullirse entre la oscuridad.~

Consultar el texto original…

Traducción de Hans Konrad Schrieber

konradeinschrieber@yahoo.com


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