The Werewolf*, un cuento de Angela Carter

Jéssica Martínez

En sus cuentos Angela Carter redescubre, actualiza y da otra vuelta de tuerca a la “inocente” tradición de los cuentos de hadas. La célebre escritora nació en Eastbourne (Sussex, Inglaterra), en 1940, y comenzó su carrera literaria a los diecinueve años, trabajando como periodista en el Croydon Advertiser, pero no fue sino hasta 1966 que publicó su primera novela Shadow Dance. De su obra destacan las novelas The Magic Toyshop (1967), Heroes and Villains (1969), The Passion of New Eve (1977) y Nights at the Circus (1985), las antologías Wayward Girls and Wicked Women: An Anthology of Subversive Stories (1986) y The Virago Book of Fairy Tales (1990), así como las colecciones de cuentos Fireworks: Nine Profane Pieces (1974), y The Bloody Chamber and other stories (1979). La obra de Carter se distingue por el uso de la intertextualidad y la referencia. Ha sido considerada feminista, aunque a su vez, y como se verá en el siguiente texto, forma parte del realismo mágico y las corrientes postmodernista y gótica. Estas características se reflejan en The Bloody Chamber and other stories, una reelaboración de algunos cuentos de hadas de la tradición Europea desde una perspectiva teórica feminista. El texto que presento a continuación está incluido en esta colección y nos permite apreciar con claridad algunos de los principales logros de la autora, tales como su capacidad para alterar los cuentos clásicos, y al mismo tiempo redefinir los conceptos y límites del relato y el cuento. Aunque breves, sus descripciones evocan sentimientos de inquietud y ponen de manifiesto su habilidad para crear personajes femeninos.

The Werewolf

It is a northern country; they have cold weather, they have cold hearts.

Cold; tempest; wild beasts in the forest. It is a hard life. Their houses are built of logs, dark and smoky within. There will be a crude icon of the virgin behind a guttering candle, the leg of a pig hung up to cure, a string of drying mushrooms. A bed, a stool, a table. Harsh, brief, poor lives.

To these upland woodsmen, the Devil is as real as you or I. More so; they have not seen us nor even know that we exist, but the Devil they glimpse often in the graveyards, those bleak and touching townships of the dead where the graves are marked with portraits of the deceased in the naïf style and there are no flowers to put in front of them, no flowers grow there, so they put out small votive offerings, little loaves, sometimes a cake that the bears come lumbering from the margins of the forests to snatch away. At midnight, especially on Walpurgisnacht, the Devil holds picnics in the graveyards and invites the witches; then they dig up fresh corpses, and eat them. Anyone will tell you that.

Wreaths of garlic on the doors keep out the vampires. A blue-eyed child born feet first on the night of St. John’s Eve will have second sight. When they discover a witch – some old woman whose cheeses ripen when her neighbours’ do not, another old woman whose black cat, oh, sinister! follows her about all the time, they strip the crone, search for her marks, for the supernumerary nipple her familiar sucks. They soon find it. Then they stone her to death.

Winter and cold weather.

Go and visit grandmother, who has been sick. Take her the oatcakes I’ve baked for her on the hearthstone and a little pot of butter.

The good child does as her mother bids – five miles’ trudge through the forest; do not leave the path because of the bears, the wild boar, the starving wolves. Here, take your father’s hunting knife; you know how to use it.

The child had a scabbby coat of sheepskin to keep out the cold, she knew the forest too well to fear it but she must always be on her guard. When she heard that freezing howl of a wolf, she dropped her gifts, seized her knife, and turned on the beast.

It was a huge one, with red eyes and running, grizzled chops; any but a mountaineer’s child would have died of fright at the sight of it. It went for her throat, as wolves do, but she made a great swipe at it with her father’s knife and slashed off its right forepaw.

The wolf let out a gulp, almost a sob, when it saw what had happened to it; wolves are less brave than they seem. It went lolloping off disconsolately between the trees as well as it could on three legs, leaving a trail of blood behind it. The child wiped the blade of her knife clean on her apron, wrapped up the wolf’s paw in the cloth in which her mother had packed the oatcakes and went on towards her grandmother’s house. Soon it came on to snow so thickly that the path and any footsteps, track or spoor that might have been upon it were obscured.

She found her grandmother was so sick she had taken to her bed and fallen into a fretful sleep, moaning and shaking so that the child guessed she had a fever. She felt the forehead, it burned. She shook out the cloth from her basket, to use it to make the old woman a cold compress, and the wolf’s paw fell to the floor.

But it was no longer a wolf’s paw. It was a hand, chopped off at the wrist, a hand toughened with work and freckled with old age. There was a wedding ring on the third finger and a wart in the index finger. By the wart, she knew it for her grandmother’s hand.

She pulled back the sheet but the old woman woke up, at that, and began to struggle, squawking and shrieking like a thing possessed. But the child was strong, and armed with her father’s hunting knife; she managed to hold her grandmother down long enough to see the cause of her fever. There was a bloody stump where her right hand should have been, festering already.

The child crossed herself and cried out so loud the neighbours heard her and come rushing in. They know the wart on the hand at once for a witch’s nipple; they drove the old woman, in her shift as she was, out into the snow with sticks, beating her old carcass as far as the edge of the forest, and pelted her with stones until she fell dead.

Now the child lived in her grandmother’s house; she prospered.

El lobo

Es un país del norte; tienen un clima frío, tienen corazones fríos.

Frío, tempestad, bestias salvajes en el bosque. La vida es difícil. Sus casas están hechas de troncos, oscuras y llenas de humo en el interior. Siempre habrá un burdo icono de la virgen detrás de una vela que se extingue, la pata de un cerdo colgada para curarse, una tira de hongos deshidratados. Una cama, un banco, una mesa. Vidas duras, breves, pobres.

Para estos leñadores de las tierras altas, el Diablo es tan real como tú o como yo. Aún más, nunca nos han visto y ni siquiera saben que existimos, pero a menudo vislumbran al Diablo en los cementerios, aquellos sombríos e inquietantes territorios de los muertos donde las tumbas están marcadas con los retratos estilonaif de los difuntos, y no hay flores frente a ellas, ahí no crecen las flores, por lo que ponen pequeñas ofrendas votivas, barritas de pan, y a veces un pastel que los osos llegan a robarse avanzando con torpeza desde los límites del bosque. A medianoche, sobre todo en Walpurgisnacht, el Diablo organiza picnics en los cementerios e invita a las brujas; entonces desentierran cadáveres frescos y se los comen. Cualquiera puede contarte esto.

Coronas de ajos en las puertas alejan a los vampiros. Un niño de ojos azules que nace de pie la noche de la víspera de San Juan tendrá un sexto sentido. Cuando descubren a una bruja –alguna anciana cuyos quesos maduran mientras que los de sus vecinas no, o alguna otra anciana cuyo gato negro, ¡ah, siniestro!, la sigue casi todo el tiempo– desnudan a la vieja, buscan las marcas, el pezón supernumerario del que mama su familiar. Pronto lo encuentran. Luego la apedrean hasta que muere.

Invierno y clima frío.

Ve a visitar a tu abuela, que ha estado muy enferma. Llévale los pastelillos de avena que horneé en la chimenea y un pequeño tarro de mantequilla.

La niña buena hace lo que su madre le pide: una extenuante caminata de ocho kilómetros a través del bosque. No te alejes del sendero porque hay osos, jabalíes y lobos hambrientos. Toma, llévate el cuchillo de caza de tu padre; ya sabes usarlo.

La niña llevaba una estropeada capa de piel de borrego para protegerse del frío; conocía muy bien el bosque como para temerle, pero siempre debe estar alerta. Cuando escuchó aquel aullido escalofriante del lobo, dejó caer sus regalos, tomó su cuchillo y acometió contra la bestia.

Era enorme, con los ojos rojos e inyectados, el hocico grisáceo; cualquiera se habría muerto de miedo al verlo, excepto el hijo de un montañés. Se lanzó hacia la garganta de la niña, como hacen los lobos, pero ella asestó un gran golpe con el cuchillo de su padre y le arrancó la pata derecha.

El lobo tragó saliva y dejó escapar un sonido, casi un sollozo, cuando vio lo que le había pasado; los lobos son menos valientes de lo que parecen. Se alejó como pudo hacia los árboles, cojeando desconsoladamente con sólo tres patas y dejando un rastro de sangre. La niña limpió la hoja del cuchillo con su delantal, envolvió la pata del lobo en el paño en el que su madre había puesto los pastelillos de avena, y continuó su camino hacia la casa de su abuela. Pronto comenzó a caer una nieve tan densa que oscureció el sendero y cualquier pisada, rastro o huella que hubiera sobre la tierra.

La niña encontró a su abuela tan enferma que se había ido a la cama y dormía con inquietud, entre gemidos y estremecimientos, por lo que la niña supuso que tenía fiebre. Tocó su frente; estaba ardiendo. De un tirón sacó el paño de su canasta para hacer compresas para la anciana, entonces la pata del lobo cayó al suelo.

Pero ya no era una pata de lobo. Era una mano, cortada por la muñeca, una mano curtida por el trabajo y llena de pecas por la edad. Había una sortija de matrimonio en el dedo medio y una verruga en el dedo índice. Por la verruga se dio cuenta de que era la mano de su abuela.

La niña retiró la sábana pero, al hacerlo, la vieja se despertó y comenzó a resistirse con violencia, gritando y chillando como si estuviera poseída. Pero la niña era fuerte, y estaba armada con el cuchillo de caza de su padre; logró contener a su abuela lo suficiente para descubrir la causa de su fiebre. Había un muñón sanguinolento en el lugar donde debía estar su mano; ya estaba supurando.

La niña se persignó y gritó tan fuerte que los vecinos la escucharon y se apresuraron a llegar. Ellos saben de inmediato que una verruga en la mano es el pezón de una bruja; se llevaron a la vieja en su camisón, la sacaron a la nieve a palos, golpeando su viejo cadáver hasta los límites del bosque, y la apedrearon hasta que cayó muerta.

Entonces la niña habitó la casa de su abuela, y prosperó.

*Angela Carter, “The Werewolf”, en The Bloody Chamber and Other Stories, Penguin Books, EUA, 1993, pp. 108-1

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