Sobre letras e intrusiones

Alejandro Nájera

La literatura no desdeña las intrusiones. De hecho, el mundo de las letras está formado de intrusiones. Ya sea por destino o por convicción, los escritores son intrusos. Deben serlo. En el ensayo “Representations of the Intellectual”, Edward Said cita las siguientes palabras de Theodore Wiesengund Adorno: “Es parte de la moral no sentirse en casa aun en nuestra propia casa”. En su texto Said relaciona el aforismo con los intelectuales exiliados. Sin embargo, se intuye que Adorno pretende ser menos limitado. Es condición del intruso no sentirse en casa aun cuando lo está. La moral del escritor lo obliga a no sentirse en casa aun cuando lo está. El intruso se inmiscuye, curiosea, espía, transita realidades ajenas. Las acciones del escritor son poco menos que idénticas. Enrique Vila-Matas inicia su cuento “La modestia” con el siguiente párrafo:

“Llevo muchos años ejerciendo de espía casual en el autobús de la línea 24 que sube por la calle Mayor de Gracia, en Barcelona. Tengo en casa un archivo de gestos, frases y conversaciones escuchadas a través del tiempo en ese trayecto de autobús, y hasta creo que podría escribir una novela tan infinita como aquella que quería hacer Joe Gould sobre Nueva York, pues he robado y registrado todo tipo de frases sueltas, conversaciones extrañas, disparatadas situaciones.”

No tengo duda de que el narrador de este cuento es un escritor en potencia. Como tal, registra lo que observa y escucha durante sus trayectos en el autobús, todo lo que llama su atención. Lo dicho: el destino o la convicción vuelven intruso al narrador. Su archivo está colmado de intrusiones, voluntarias o involuntarias. Es decir, su archivo está colmado de historias posibles. He aquí el vínculo entre letras e intrusiones. Desde su forma más premeditada hasta la más súbita e inesperada –un gesto, una imagen, una charla escuchada por casualidad–, la intrusión instala al escritor en un territorio ignoto que si explora con detenimiento puede revelarse en toda su profundidad. El escritor es una especie de voyeur cuyas obsesiones lo llevan a espiar una y otra vez la existencia de los otros y la propia. El intruso, según elDiccionario de la Real Academia Española de la Lengua, se introduce, sin razón ni derecho, en algún lugar. Después de espiar por la mirilla, el escritor irrumpe en un instante, en una vida o un espacio determinados. Pero el acto de la intrusión aún no es definitivo, es labor del escritor consumarlo. Llegados a este punto se impone una distinción: los medios del intruso son diversos; los del escritor, uno solo: la palabra. Su arte u oficio es el medio para reconocer y sondear ese nuevo territorio que ha ocupado.

El intruso necesariamente es un extraño, un extranjero, incluso en su propia tierra. La intrusión otorga al escritor la posibilidad de ver una realidad ajena desde una perspectiva distinta y muy particular. De modo que a través de la comparación y la contraposición, el escritor se hace de una doble perspectiva que genera significado, que da luz a una nueva realidad: la de su obra. Esta es una particularidad primordial de la creación literaria, esa larga historia de intrusiones. Piénsese en Conrad o Melville, intrusos de los mares cuyas travesías hilvanaron esas tramas tan extensas y profundas como los océanos que navegaron. Chéjov, médico de profesión, invadió la literatura para depurar una forma de contar historias donde la incertidumbre no mengua la belleza. Henry James abandonó EE. UU. para instalarse en Inglaterra, y desde ahí exploró con agudeza la complejidad del comportamiento humano, sus ambigüedades y silencios. Buena parte de la gloria de la literatura rusa descansa sobre Tolstoi y Dostoievsky: intrusos de la sociedad rusa decimonónica, el primero de la aristocracia y el segundo de las clases bajas. Sus obras se contraponen y complementan: no fue menos creativa la intrusión de Dostoievsky en los sórdidos barrios de San Petersburgo que la de Tolstoi en los elegantes salones de la nobleza rusa. Joyce, intruso a un mismo tiempo de la lengua inglesa y de la irlandesa, hurgó en las entrañas del lenguaje para expandir sus posibilidades. Kipling siempre se sintió extranjero tanto en Inglaterra como en la India; no son pocas las páginas donde aborda esos contrastes entre Oriente y Occidente que tanto lo obsesionaban. Para varios escritores la intrusión no sólo se extiende al plano de la realidad externa, sino también al de la interna. A Borges la ceguera lo trasladó hacia las infinitas realidades de su mente. Poe y Maupassant abrieron las puertas de las habitaciones que resguardaban sus delirios y locuras. Proust incursionó en la memoria para recuperar los recuerdos del tiempo perdido. El exilio o el auto-exilio, esas otras formas de la intrusión, forjaron las obras de infinidad de escritores: Brodsky, Pitol, Graves, Canetti, Bolaño, Nabokov… Para ellos, y otros tantos, la intrusión se convirtió en una necesidad o una exigencia de la creación.

A propósito de Nabokov, viene a mi mente el texto “On a Book Entitled Lolita”, donde el escritor, con la elegante ironía que distingue su prosa, desnuda la necedad de ciertos editores que se rehusaron a publicar su novela. A decir verdad, en este texto poco importan los cuatro editores merecidamente olvidados, pues son más significativas las reflexiones del autor sobre el largo proceso creativo de su obra. Transcribo el siguiente párrafo:

“Elegí los moteles de Estados Unidos en lugar de los hoteles suizos o las posadas inglesas sólo porque estoy tratando de ser un escritor estadounidense y reclamo los mismos derechos que gozan otros escritores estadounidenses. Por otro lado, mi criatura Humbert es un extranjero y un anarquista, y hay muchas cosas, además de las nínfulas, en las que no estoy de acuerdo con él. Y todos mis lectores rusos saben que mis viejos mundos –el ruso, el británico, el alemán, el francés– son tan fantásticos y personales como lo es mi nuevo mundo.” (1)

Reclama Nabokov, no sin justicia, los mismos derechos de los escritores estadounidenses, pues no sólo se ha apropiado de la lengua inglesa, sino también de una geografía y una cultura que se tornan reveladoras por novedosas. Los escenarios donde transcurre Lolita ya jamás serán parte de la realidad estadounidense, sino de aquella que el autor ha registrado y recreado. La solidez de los moteles y suburbios, de las carreteras y montañas se evapora, se filtra hasta la imaginación del escritor y se reconfigura a través de la escritura. El autor de origen ruso ocupa una realidad extranjera, la impregna de su visión, de su experiencia pasada y sus ideas para convertirla en una expresión artística absolutamente individual. La realidad en la imaginación del escritor es vulnerable, susceptible a variaciones o a francas transformaciones. No por nada Nabokov señala que el término “realidad” sólo adquiere significado cuando se lo coloca entre comillas.

Para Henry James la observación era uno de los recursos esenciales de su arte. Se asumía como un observador con la clara intención de buscar un resquicio que le permitiera atisbar en el interior de los individuos. La aguda e intrincada descripción psicológica de sus personajes nos revelan una observación sistemática puesta al servicio de su obra. Es imposible saber de qué modo opera y hasta qué punto influye este recurso en otros autores. Lo cierto es que la observación atenta y asidua es un elemento indiscutible de la creación literaria. Al igual que un arqueólogo que puede reconstruir la historia de alguna civilización tras el hallazgo de un vestigio, el escritor es capaz de concebir una historia tras el hallazgo de un movimiento, una mirada, una palabra o un silencio. Estos breves sucesos, en apariencia insignificantes, son los que Joyce llamaría epifanías: revelaciones acaecidas en cualquier momento y espacio que súbitamente desnudan la vida de algún individuo, y abren un sendero que puede conducir hasta el centro mismo de su alma. El escritor construye el escenario donde la esencia de aquella revelación, antes ceñida a un instante y un espacio determinados, fluye a través del texto hasta alcanzar toda su trascendencia.

Si la observación abre las puertas al intruso, al escritor, la intrusión es en sí misma un ejercicio creativo. A partir de lo que observa, de lo que registra en la memoria o en su cuaderno de notas, el escritor habita la existencia de otros para dar vida a sus personajes. Su capacidad imaginativa y de asociación lo conducen por bifurcaciones psicológicas, por los claros y las penumbras de las almas; lo llevan a delinear personalidades y características físicas, a establecer oposiciones y paralelismos, a concebir situaciones y personajes diversos. Por medio de la escritura el autor transforma sus pensamientos y los ajusta a los de sus personajes, experimenta sus sensaciones, indaga en sus actos y motivaciones, les confiere una personalidad, ciertos vicios o hábitos, un modo de hablar y hasta de vestir. Porque durante el trabajo de invención hay una especie de desdoblamiento de la conciencia, acaso la confirmación de aquella idea borgeana que señala que cualquier hombre es todos los hombres. Muy poco o casi nada sabemos de la personalidad de Shakespeare. A decir de Harold Bloom, el poeta inglés creó la conciencia humana como la concebimos hoy en día. Una consideración menos excesiva me lleva a pensar que la obra de Shakespeare abarca una infinidad de matices de la conciencia. Si hablo de la intrusión como una condición de la creación literaria, no hay ningún otro escritor que haya penetrado con mayor agudeza el alma y la mente humanas. La diversidad de pensamientos y emociones que confluyen en sus personajes es tal que la presencia del Shakespeare hombre es inextricable. Borges no carece de razones cuando apunta que Shakespeare fue, es, todos los hombres. En todo caso, habría que sopesar las palabras del poeta Czeslaw Milosz, que en su poema “¿Ars poética?” escribe:

“Hay algo indecente en la esencia pura de la poesía:
se da a luz a una cosa que no sabíamos que estaba dentro de nosotros,
de modo que parpadeamos como si un tigre hubiera saltado
y se quedara parado bajo la luz latigueando su cola.
[…]
¿A qué hombre razonable le gustaría ser una ciudad de demonios,
que se comportan como si estuvieran en su casa, que hablan en varias 
lenguas,
y que, no satisfechos con robarle los labios o la mano,
trabajan en cambiar su destino para su propia conveniencia?”

Milosz concibe al escritor como una ciudad en la que sus demonios se mueven a su antojo y llegan a tomar el control de sus acciones. La escritura como un acto en el que un hombre queda a merced de sus propias intromisiones; intruso de sí mismo, de una región donde realiza hallazgos inesperados, desconcertantes y hasta perturbadores.

Sin duda, la intrusión opera como origen de la escritura, pero ésta consuma el acto de la intrusión. Retomo a Nabokov:

“Para mí una obra de ficción sólo existe en la medida que me proporcione lo que sin rodeos llamaré dicha estética, esta es la sensación de estar de algún modo, en algún lugar, conectado con otros estados del ser donde el arte (la curiosidad, la ternura, la nobleza, el éxtasis) es la norma.” (2)

En mayor o en menor medida, la finalidad de todo escritor es el arte, la posibilidad de vincularse con otros estados del ser, de ocupar y experimentar otros estados del ser. Lo que el escritor persigue es ese goce estético que sólo puede proporcionar el acto de la creación, donde es capaz de expandir su conciencia, donde consigue extender los contornos de la existencia para descubrir a otros en su interior. Porque en muchas ocasiones un autor no es él mismo cuando trabaja, y sin embargo, su esencia se filtra por los recovecos de su obra, en las acciones de sus personajes, en el lenguaje y el estilo de su prosa. El escritor es un intruso porque su búsqueda lo traslada constantemente hacia distintas y muy variadas geografías. Sabe que una novela, un cuento o un poema son territorios temporales que habrá de abandonar en cuanto la invención haya concluido. Las condiciones de su existencia se cifran en una eterna paradoja: la verdadera patria de ese incansable intruso es aquella que siempre habita y que siempre anda buscando: la escritura. Pues, para concluir con Adorno, “para un hombre que ya no tiene una patria, la escritura se vuelve un lugar para vivir”.

(1) I chose American motels instead of Swiss hotels or English inns only because I am trying to be an American writer and claim only the same rights that other American writers enjoy. On the other hand, my creature Humbert is a foreigner and an anarchist, and there are many things, beside nymphets, in which I disagree with him. And all my Russian readers know that my old worlds–Russian, British, German, French–are just as fantastic and personal as my new one is.

(2) For me a work of fiction exists only insofar as it affords me what I shall bluntly call aesthetic bliss, that is a sense of being somehow, somewhere, connected with other status of being where art (curiosity, tenderness, kindness, ecstasy) is the norm.

owl_alej@hotmail.com


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