Partir de Ítaca. El arte de la escritura*

(Última de dos partes)

Federico Patán

Sucede a menudo, incluso muy a menudo, que las primeras líneas cuestan, pero luego el resto se va desprendiendo con cierta facilidad. Esto me ocurre más en la escritura de poesía que en la de narrativa. De pronto, en cuestión de minutos, el poema queda escrito en su muy humilde primer vestido. Así, con los dos versos arriba expuestos, que pronto tuvieron continuación hasta llegar al remate. Luego se aplica el periodo de enfriamiento (días o semanas, alguna vez de meses) y lo que considero la verdadera escritura: la revisión. Esto me lleva al verso “Las islas son orígenes profundos” y a mi descontento con el adjetivo. Deduzco que la incomodidad viene de que “profundos” es una palabra un tanto pretenciosa y tal vez sobreexpuesta al uso. Expresaba sin duda lo que buscaba expresar, pero a costa de presumir hondura. Juego a modificarla: ¿Orígenes latentes, ignotos, insondables, definidores? Cada modificación tiñe de significado el verso y afecta a lo que de allí se desprende. “Definidores” es la posibilidad menos apetecible, dada su pobreza. “Ignotos” es atractiva: mucho ignoramos de los ayeres que nos conforman. Pero también suena pretenciosa. De pronto, y así ocurrió, me vino a la cabeza “rotundos”. Me disgustaba en cuanto a eufonía, pero me atraían sus insinuaciones. Con algún recelo, le permití quedarse.

Tercer verso: “que obligan al mar cuando se viaja”. Una primera lectura lleva a preguntarse ¿obligan al mar a qué? Pero no es esa la intención del verso. El propósito es que entendamos lo siguiente: esos orígenes rotundos nos fuerzan a viajar por el océano. Es decir, somos en el interior y en veces externamente animales migratorios ya que, cito, “se hace camino al andar”. Mi preferencia dubitativa fue por el siguiente cambio:

Las islas son orígenes rotundos
que nos lanzan al mar cuando se viaja…

dado que ese “lanzar” tiene resonancias de expulsión, bíblica sentencia en el caso del exilio al que pertenezco. No es cuestión de hacer una confesión detallada de lo sucedido con el resto del poema. Pero sí conviene adentrarse en otro tipo de cambio. Tenía yo lo siguiente: “De islas partimos llevándonos fragmentos de tiempo y de raíces…”. Dilema: tender un verso así de largo o dividirlo. En este caso último ¿dónde? ¿En partimos, dejando como idea nuclear “llevándonos fragmentos de tiempo y de raíces…”? Con ello se subrayaría la idea del origen: las islas. ¿En fragmentos, que da a éstos el peso mayor, limitando a modo de complemento “de tiempo y de raíces”? ¿En tiempo, dejando independiente la idea de raíces? Cada decisión afecta el sentido de lo expresado. Poco a poco me fue seduciendo la segunda opción. He aquí las razones: En mi interpretación, “De islas partimos llevándonos fragmentos” permite al lector imaginar qué tipos de fragmentos colocar allí. Luego, cuando pasa a “de tiempo y de raíces” habrá de aceptar esto sin perder lo que él haya imaginado.

Esta posibilidad de interpretación se une mucho al propósito (estuve por escribir profundo) nuclear del poema: las lecturas posibles. Porque más adelante escribo:

A su vez los caminos van sumando
lecturas diferentes
de todos los tiempos y raíces,

que se constituye en una de las ideas rectoras de lo asentado. Me interesa averiguar cómo mira quien mira, pero acaso me interesa más el hecho de que todos miramos diferente (no importa si la variación es mínima) y cómo esto nos constituye en individuos. A su vez, cómo esa individualización proviene de la Ítaca que nos haya tocado y del camino que nos fue dado o forzoso transitar. Ahora bien, sin duda que esto derivó en poema en razón de que Bernard Sicot me hizo ver, en su ensayo, una de mis entretelas. Conclusión: su modo de mirar guió en este caso mi manera de mirarme o, porqué no, me hizo obvio lo que en mí funcionaba.

En cuanto al posible lector de esta nota, las delaciones que he hecho en cuanto a ciertos ajustes en la composición le permitirán variadas lecturas y posibles desacuerdos. ¿Cómo se atrevió a sustituir “profundos” por “rotundos”, siendo mejor aquella primera opción? ¿Y porqué no “ignotos”, se preguntará alguien más? Lo cierto es que, cuando se lee una obra cualquiera, de pronto surge la inconformidad: esto no debió resolverlo de esta manera, y en nuestra mente lectora damos al autor mudas alternativas que sólo funcionan como meras posibilidades para el propio lector. O la conclusión. Adapto a la poesía lo que Juan Bosch dijo del cuento: “Saber comenzar un cuento (poema) es tan importante como saber terminarlo”, idea que procede menos cuando se trata de una novela. Porque la breve extensión del cuento y del poema aconseja entrar en materia de inmediato, de manera que ya en la primera línea o en el verso inicial se capte la atención de quien lee.

Ahora bien, el inicio de mi poema lo había producido, hasta donde puedo calcularlo, la lectura de Sicot, si bien dicha lectura proporcionó la idea y no el modo de expresarla. Éste surgió por sí mismo, como ateniéndose a una decisión propia que me hizo obedecerlo. Sin embargo, el cierre tenía que derivar de lo prescrito por el poema mismo, quedando por tanto prisionero de los antecedentes. “De Ítaca partimos a fundar otras islas” fue uno de los versos que se me insinuaron como cierre. Tenía la ventaja de regresar al punto de arranque, la simbólica Ítaca. Pero, deduje, no encerraba en sí la intención primordial del poema. Lo eliminé, por tanto, como final y anduve explorando otras posibilidades, hasta llegar a la que parece ya definitiva: “El camino da nombre a quien camina”, pues me preocupaba indagar cómo es que llegamos a ser lo que somos.

Muchos otros detalles participaron en darle su estructura final al poema. Basten los anteriores como intento de explorar de dónde surge un texto y porqué surge como surge. He aquí el resultado:

Siempre hay una Ítaca.
Las islas son orígenes rotundos
que nos lanzan al mar cuando se viaja
y, siempre, el viaje es el destino
a menos que el silencio nos limite
a un río menor y algunos árboles
y a la casa paterna de memorias
hechas de juegos y premoniciones.

De Ítaca partimos llevándonos fragmentos
de tiempo y de raíces
que ayudan parcialmente
a descifrar caminos.

A su vez los caminos van sumando
lecturas diferentes
de todos los tiempos y raíces.

El mar es un espejo que mil espejos suma,
cada uno verdad en su minucia
y otra verdad la suma de fragmentos.

De Ítaca partimos a fundar otras islas
que Ítacas serán de otros vaivenes.

El camino da nombre a quien camina.

“Partir de Ítaca” es el nombre del poema y lo concluí el 18 de diciembre del 2004.

Bibliografía:

Juan Bosch, “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos” en Lauro Zavala, Teorías del cuento I: teorías de los cuentistas. Serie El Estudio, UNAM, México, 1995, pp. 253- 281.

Herman Broch, The Death of Virgil, Traducción de Jean Starr Untermeyer, Vintage International, Random House, Nueva York, 1995.

J. Estelrich, Prólogo a Thomas Mann, Obras completas I, José Janés, Barcelona, 1951, pp. I-XXXI.

Bernard Sicot, “El mar de los desterrados” en Revista de la Universidad de México, núm. 10, nueva época, México, diciembre de 2004, pp. 5-23.

Virginia Woolf, AWriter’s Diary,Triad/Granada, Inglaterra, 1978.

*Este texto está tomado de Federico Patán, “Partir de Ítaca. El arte de la escritura”, en Revista de la Universidad de México, núm. 13, nueva época, México, marzo de 2005, pp. 60-64.

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