Vidas perpendiculares* de Álvaro Enrigue

Rodolfo Omar Montero

I

Jerónimo Rodríguez Loera, protagonista de Vidas perpendiculares, vive asaltado constante e ineludiblemente por la memoria, por los recuerdos claros, de sus vidas pasadas. En un principio el lector puede auxiliarse de una explicación simple –samsárica, transmigratoria– para esta prodigiosa anomalía, luego el asunto se complica. Las consecuencias de vivir flotando sobre estas aguas revueltas fracturarían la conciencia de cualquier otro que no sea Jerónimo, a quien una natural disposición a la fabulación y una resistencia entrenada tenazmente en el trato recibido de todos aquellos que lo consideraron un retrasado mental en la infancia le permiten, a modo quizá de penitencia, la escritura de una autobiografía. Imposible por supuesto.

Cuando uno coge con curiosidad este libro del estante de la librería de preferencia y se asoma a la contraportada se encuentra con que esta novela es un modelo de “novela-río”, que es una formulación distinta de la realidad narrativa y que es una novela cuántica. Tres ideas francamente desconcertantes y lo que es peor, mal ajustadas a la obra. Vidas perpendiculares es una novela resuelta con entera solvencia y el acierto no radica en su estructura de realidades que se superponen, en los juegos que llevan el relato de la primera a la tercera persona o en los riesgos formales anunciados que, la verdad sea dicha, no se toma el autor y que dudo hayan estado en su agenda de pendientes. Su contundencia se halla en el tono personal, este sí original, demostrado en las ganas de narrar las aventuras pasadas de Jerónimo, en las pruebas técnicas que eso suponía y que se superan una a una. El proyecto era ambicioso. ¿Cómo se narran las vidas pasadas con las pocas herramientas lingüísticas de la presente? ¿Cómo se traman cada una y entre sí las aventuras que transcurren en una edad de la humanidad en la que empezábamos a nombrar las cosas, luego el último episodio de la vida de un sacerdote que se pasa los días entre misales, cagaderos, putas y pólvora, luego los celos de un brahamín, por dar sólo unos cuantos ejemplos? ¿Cómo se logra sacudir al lector con una misma relación amorosa, repetida numerosas veces, pero envuelta en circunstancias históricas, políticas y hasta genéricas distintas? Vidas perpendiculares es una novela de aventuras deliciosa y emocionante y las vidas perpendiculares de Jerónimo una eficaz estrategia literaria que le permite a Enrigue fabular con soltura esos episodios. Otro fruto se logra poco a poco, según creo, en la duda que al final queda sobre la procedencia de los recuerdos del protagonista y en la extraordinaria zona de confusión que sucede cada vez que las aguas del presente y del pasado –ese otro presente– se mezclan.

II

Las memorias artificiales, compiladoras de la experiencia humana y sus hallazgos tal vez incuantificables, apoyadas en diversos procedimientos técnicos –como los libros– constituyen, digámoslo de manera simplona, la historia de la humanidad. Entonces una memoria que suponemos no es artificial constituye nuestra historia personal, nuestra identidad. La historia de Jerónimo Rodríguez Loera está constituida por múltiples memorias que independientemente de si son artificiales o reveladas muestras de encarnaciones pasadas –la ambigüedad circula por toda la última parte de la novela–, plantean una red compleja de juegos de identidad. Con respecto a su pasada vida en Marsia, Jerónimo reflexiona: “La memoria es el conocimiento del acecho constante de la muerte y por entonces yo no tenía memoria del futuro”. Llamo la atención sobre una obviedad, la novela se llamaVidas perpendiculares y no Vidas paralelasVidas pasadas, Jerónimo relata en el presente vidas pasadas que existen simultáneamente a éste. ¿Podría ser de otra manera? No, esos recuerdos están ligados indefectiblemente a su vida presente.

III

Recuerdo un par de relatos que de manera perpendicular relacionaría con esta novela. En “La memoria de Shakespeare” de Borges, Daniel Thorpe trasfiere a Hermann Soergel, a través de una operación simple, la memoria de Shakespeare. De los primeros a los últimos días. Hay una zona donde se confunde “la mágica memoria de un muerto” con la suya. Conforme los recuerdos de Shakespeare poco a poco van surgiendo de estímulos diversos, como la lectura de los textos que se supone leyó la gloria de las letras inglesas, su mezcla con los recuerdos de Soergel empieza a ser insoportable. De algún modo Soergel se vuelve Shakespeare –o cree que se vuelve Shakespeare–. Soergel con genuino terror empieza a temer por su razón pues confía la identidad personal a la memoria.

¿Cuál es la identidad de Jerónimo Rodríguez Loera? ¿A través de la lectura, de la literatura –esa gran memoria artificial– podemos construirnos una memoria personal? Tal vez sí y tal vez esas memorias personales autoabastecidas, esas prótesis, ese travestismo cerebral, ayudan a Jerónimo a escapar de la mezquina prisión a la que le tienen sometido su calidad de hijo ilegítimo y la candidez paralítica de su madre, “mujer de alma babosa y chata, oprimida por una educación cuyo objeto fue mantenerla cristalizada en un estado infantil”.

En “El mejor relato del mundo”, Kipling cuenta cómo un joven aspirante a escritor se ve asaltado por las memorias de sus vidas pasadas. Sin embargo, él no es conciente de esta operación. Un escritor más o menos consumado –y más o menos arruinado creativamente– intenta hacer uso de estos recuerdos involuntarios para narrar una historia extraordinaria, la mejor que se haya contado, según él. La operación que vuelve posible el relato de Kipling también es simple, el joven Charlie Mears recuerda algunas de sus pasadas encarnaciones. La paradoja del cuento está en que nada garantiza que se puede escribir ese gran cuento con la ayuda del relato del recuerdo de una vida pasada porque eso no ofrece nada que no prodigue una comarca o una aventura imaginada por una mente poderosa e inclinada a la fabulación (como la de Kipling, como la de Enrigue). Daniel Thorpe cuando posee la memoria de Shakespeare escribe una biografía novelada que resulta más o menos desdeñada, Hermann Soergel se da cuenta de que lo único que le depara la memoria de Shakespeare son sólo sus circunstancias, no la manera en que Shakespeare convirtió eso en la obra imperecedera que es. Nada, nada, garantiza que se puedan aprovechar esos recuerdos o se pueda escribir el mejor relato del mundo, Jerónimo logra uno muy bueno quizá porque no se lo propone, o quizá porque está mintiendo y no son vidas pasadas lo que nos cuenta. Con respecto a la adquisición automática de lenguas desconocidas, otra relación perpendicular y lógica: Soergel recupera el inglés del siglo XVII, Charlie un dialecto griego corrompido, de galeote, Jerónimo descubre que puede recordarlas todas –aunque parece que el euskera se le complica un poco– a partir del estímulo adecuado.

IV

¿Qué pone sobre la mesa entonces Vidas perpendiculares? Sugiero en primer lugar el asunto de la identidad y el papel que juegan en él las distintas memorias que nos yerguen. Cuando uno pierde la memoria está claro que pierde la identidad, pero cuando uno tiene múltiples memorias y acude a ellas a través del relato para explicarse a sí mismo, qué sucede. No lo sé pero una alternativa es seguir formulando preguntas, Vidas perpendiculares además del placer, deja espacio suficiente debajo de su caja de texto para anotar algunas.

*Álvaro Enrigue. Vidas perpendiculares. México: Anagrama-Colofón, 2008. (Narrativas hispánicas, 436).

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