La búsqueda del antídoto en el abismo

Jéssica Pérez-Casarrubias

Resiste el yo las andanadas
y las punzadas, el tibio hervor
de la enfermedad

David Huerta, “Oliver Sacks”

En la literatura no ha sido poco frecuente la enfermedad como tema; escritores enfermos; escritores, en ocasiones gravemente enfermos, que escriben acerca de sus propios padecimientos; también, médicos que comparten su vocación de galeno con la de escritor y que a veces escriben acerca de sus experiencias con la enfermedad ajena; además se puede dar el médico, escritor y enfermo a la vez, como Chéjov.

¿Y cómo no tomar la enfermedad como tema literario si es uno de los grandes acontecimientos humanos, si a todos nos ha tocado de algún modo? Si, como dice Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas:

La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar.

En realidad este ensayo de Sontag pretende decir que, en sentido estricto, la enfermedad no es ninguna metáfora y que no hay peor forma de encarar un problema de salud que creer a pie juntillas en las figuras metafóricas que de él se desprenden. Habla del cáncer que ella padeció y de la carga moral que dicha enfermedad tiene actualmente a causa de su incomprensión, del desconocimiento de su etiología; de la enfermedad convertida en un espacio por el que circulan discursos, se postulan valores, sanciones y prejuicios. Si un enfermo cree en el personaje de Thomas Mann de La montaña mágica cuando dice que: “Los síntomas de una enfermedad son la manifestación disfrazada del poder del amor; y toda enfermedad no es más que el amor transformado”, parece que está condenado y resulta peor si ni siquiera está enamorado, tan sólo tristemente enfermo. En esta cita se habla de la enfermedad más ataviada de metáforas del siglo XIX: la tuberculosis. Los románticos estetizaron la muerte causada por la tisis suponiendo (y haciendo suponer) que el padecimiento de esta enfermedad significaba no sólo una muerte bella, sino también que quienes la sufrían estaban dotados de un temperamento superior, que los convertía en seres sensibles, en artistas. Una vez descubierto el bacilo causante de la tuberculosis por Koch, la enfermedad que toma la estafeta en el siglo XX es la locura. Es ahora en los manicomios y no en los sanatorios para tuberculosos donde está el talento artístico. Sí, sí, esto resulta una exageración, pero es un mito que, en líneas generales, existe. Sontag advierte también que “…es casi imposible residir en el reino de los enfermos sin dejarse influenciar por las siniestras metáforas con que han pintado su paisaje”.

La contraparte nos la da Virginia Woolf en Estar enfermo, donde argumenta que:

Al considerar lo habitual que es la enfermedad, el tremendo cambio de espíritu que conlleva, el asombro que resulta de que, cuando las luces de la salud se apagan, emerjan países aún sin descubrir; qué yermos y desiertos del alma revela un ligero ataque de influenza; qué precipicios y céspedes rociados de brillantes flores avista un ligero ascenso de temperatura; qué antiguos e inexorables robles se desarraigan en nosotros por un acto de enfermedad…

Quisiera decir aquí que Sontag habla de tuberculosis y cáncer (enfermedades complejas, la primera mortal en el siglo XIX y la segunda con alto índice aún hoy en día) y Woolf habla de un “ligero ataque de influenza”, y un “ligero ascenso de temperatura”. Diferencia a considerar, sin duda. Una ligera enfermedad sí te permite sentarte a escribir o a leer. Después de una quimioterapia, no estoy tan segura. La cuestión es si será verdad que la mala salud ayuda a que el artista se vuelva más perceptivo y lúcido. Lo que sí creo es que la enfermedad es una forma de conocer y, sobre todo, de conocerse (en ocasiones nos obliga a ello). Y ¿escribir acerca de ella? Quizá algunos trasforman su enfermedad en creación literaria. En el último volumen de cuentos publicado en vida de Roberto Bolaño (a quien su insuficiencia hepática definitivamente le dio un curso a su obra), podemos leer “Literatura + enfermedad = enfermedad” donde el autor nos dice que “Escribir sobre la enfermedad, sobre todo si uno está gravemente enfermo, puede ser un suplicio. Escribir sobre la enfermedad si uno, además de estar gravemente enfermo, es hipocondríaco, es un acto de masoquismo o de desesperación. Pero también puede ser un acto liberador”. No una cura, pero sí un alivio, una liberación a través del arte. Si la enfermedad es una especie de derrota, el autor opone la lectura y la escritura para revertir el sometimiento a ella.

Hay también aquellos escritores cuyas enfermedades los ataron ineludiblemente a la escritura. Kafka, por ejemplo, parece ser uno de ellos. En el mismo relato, Bolaño nos muestra una parte del libro de Canetti sobre el autor de La metamorfosis: “(Kafka) comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre” refiriéndose a su tuberculosis y se cree que también padecía migraña (según un estudio realizado a su obra por neurólogos) y que “ese padecimiento se encuentra claramente reflejado en su obra, al tiempo que es un motor que la impulsa”. En realidad no sabemos si dichas enfermedades están en su obra a través de símbolos (como la transformación de Gregorio Samsa), o si escribía como “salida” literaria a ellas. Es un hecho que las padecía (por lo menos la tuberculosis) y que invariablemente, al afectarle al ser humano, también le afectaba al escritor y eso le dio una visión particular del dolor, del miedo y de la muerte.

Por último, hay otra cuestión, una vez que el autor decide hablar de la enfermedad propia o ajena, en ocasiones no encuentra las palabras apropiadas para hacerlo. Y así la descripción de un padecimiento, de un dolor se convierte en un compendio de símiles que, aunque sean atinados, no dejan de ser tan sólo aproximaciones. Woolf dice que “la pobreza del lenguaje obstaculiza la descripción de la enfermedad” y al leer, por ejemplo, “Cefalea” de Julio Cortázar donde describe una migraña nos damos una idea de lo que la bloomsburiana quiso decir:

Congestionados, cara roja y caliente; pupilas dilatadas. Pulsación violenta en cerebro y carótidas. Violentas punzadas y lanzazos. Cefalea como sacudidas. A cada paso sacudida hacia abajo como si hubiera un peso en el occipital. Cuchilladas y punzadas. Dolor de estallido; como si se empujara el cerebro, pero agachándose, como si el cerebro cayera hacia afuera, como si fuera empujado hacia delante, o los ojos estuvieran por salirse. (Como esto, como aquello; pero nunca como es de veras).

Y parece que resulta efectivo, por lo menos literariamente efectivo. Pero, ¿qué pasaría si estas palabras estuvieran encaminadas a describir nuestro dolor a alguien sin afán de hacer literatura?, ¿qué pensaría nuestro interlocutor de esas punzadaslanzazos y el cerebro que cae hacia afuera?, ¿se movería, quizá, tiernamente hacia la risa? Pero éste es el lenguaje que tenemos y sólo a través de él podemos describir el dolor.

Seguramente el escritor Francisco Hinojosa se topó con este tipo de problema (y otros del estilo) al redactar Migraña en racimos, donde detalla la naturaleza de este tipo de migraña feroz (donde el epíteto “en racimos” significa: “dolor a granel, exuberancia del dolor”) que él mismo padece. A lo largo del relato nos enteramos también de la génesis de su enfermedad, sus consecuencias y cómo lo afecta en el ámbito familiar, laboral y, sobre todo, emocional. De los miles y miles (y miles) de tratamientos que ha probado −a veces de su eficacia, a veces de su fracaso−, y de la disposición de ánimo que eso requiere. Padecimiento crónico que afecta todos los aspectos de su vida, sus lecturas y su escritura. Al final de la obra nos confiesa: “Escribir estas páginas, muy distintas de todo lo que he escrito, me permitió explorar zonas oscuras de mí mismo −que prefería guardar en el silencio y no tocar por temor a despertar a los demonios−” y el ejercicio me resulta peligroso, arriesgado y valiente.

Y lograr esa liberación o salida a la enfermedad a través de la literatura seguramente no es un esfuerzo menor, ya que además de la enfermedad se requiere talento literario, no lo olvidemos. Es necesario saber que, como dice Bolaño: “…mientras buscamos el antídoto o la medicina para curarnos, lo nuevo, aquello que sólo se puede encontrar en lo ignoto, hay que seguir transitando por el sexo, los libros y los viajes, aun a sabiendas de que nos llevan al abismo, que es, casualmente, el único sitio donde uno puede encontrar el antídoto”.

En ocasiones es necesario encaminarse hacia el abismo con la enfermedad a cuestas.

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