Aparta de mí este cáliz* de Luis Humberto Crosthwaite

Rodolfo Omar Montero

Después tomó una copa,
dio gracias
y se las entregó diciendo:
beban todos de ella

Mateo 26:27

I

¿Una mirada inédita y provocadora sobre Jesucristo, los Evangelios y la espiritualidad, como quiere la solapa del libro? No. En todo caso, en Aparta de mí este cáliz Luis Humberto Crosthwaite (novelista, cuentista y editor nacido en Tijuana en 1962) desliza sesgadamente una serie de preguntas alrededor de una sola: ¿qué sucedería con un personaje como Jesús de Nazaret en estos tiempos mezquinos? Un montón de figuras mesiánicas literarias y no literarias, caudillos y tlatoanis, o que se asumen como tales, acuden a mi mente. De las primeras me basta con el recuerdo del padre Nazarín de Benito Pérez Galdós; de las segundas un puñado de empresarios iluminados y adustos, y varios políticos resplandecientes y visionarios.

Jesús, el protagonista de esta brevísima novela, sueña en el entramado que es Jesucristo y sueña también con una caída infinita, eterna. Este doble núcleo de la historia del Chuy (así le llama su gente cercana), se encuentra perfectamente condensado en las primeras dos páginas de la novela:

Soñé que era Jesucristo y la besaba a usted. Soñé que era Jesucristo y la besaba apasionadamente.
Besos mesiánicos, salvadores; besos en sus manos y sus pies.
Soñé que era Jesucristo y buscaba sus labios para besarla una vez tras otra.
Soñé que caminaba sobre agua, que tenía seguidores, que los romanos se impacientaban conmigo, que multiplicaba el pan, que me dejaba crecer el cabello, que me paraba encima de un monte y contaba parábolas y sonreía y me enojaba.
Y lo hacía todo por usted.
Tenía prisa de acabar con la misión que me habían encomendado. Todas esas responsabilidades me alejaban de su bendita presencia.
Me sentía recién casado en ese sueño. Le hablaba por teléfono cada hora, anhelaba un futuro repleto de hijos y nietos, lo imaginaba colmado de delicias.
Era un Cristo enamorado, un Cristo feliz.

Y luego:

Antes sólo tenía un sueño recurrente. Uno sólo que se repetía, que era imposible quitar. Un momento estaba parado, más bien sentado en el borde de un muro, luego me caía. Abajo, abajo, abajo.
El sueño no empezaba cuando estaba sentado, no. El muro sólo era una suposición, algo que materializaba la caída, algo que le daba una base lógica. El sueño, en sí, arrancaba cuando ya estaba cayendo. Abajo, abajo, abajo.
Tampoco tenía un final. Es decir, nunca me estrellaba con algo duro, con el suelo, con un piso o una calle; nunca moría hecho pedazos en el asfalto o ahogado en el fondo de un pozo. Simplemente caía. El sueño era la caída. Era un casi sueño, parcial pesadilla, sin historia.
No me gustan los sueños sin historia. No me gustan, para nada. Hubiera preferido otro. Un sueño con una trama más evidente, menos fragmentaria. En realidad nunca he tenido de dónde escoger. Sólo un sueño, eso es todo. Ningún otro. Me acordaría.

¿Qué esperar entonces en las más o menos 127 páginas restantes? Bueno, vendrá la parodia, la caricatura de los últimos tres años de vida del Nazareno a través de este Jesucristo del barrio, sólo que sin crucifixión porque el Chuy no cree en ella.

El proyecto parece de fácil factura, sobre todo si se ha tenido la oportunidad de leer algún otro texto del autor y constatar la eficacia de su humor negro, pero la guasa va más allá. Aquí no se trata sólo de torcer la propuesta de los evangelios, de tomar la pluma de Kazantzakis y rubricar unos cuantos albures, de abrevar en los viejos rollos de Qumrán o en polvosos documentos de alguna secta cristológica que pongan en tela de juicio la historia de Occidente y obligar a los implicados a combatir con pasteles, o de hacer uso de la biografía no autorizada de algún heredero de sangre de Jesucristo para luego atiborrar de cuchufletas los pasos de los benditos pies del Chuy por las tierras del Pozolero del Teo y provocar con ello carcajadas intermitentes. No. No. La risa ahí está, pero la chunga apunta hacia otras preocupaciones. En palabras del propio Jesús, el protagonista: “Mi sueño era como esas películas de Jesucristo, pero distinto”. Exactísima descripción de la situación. El Chuy es un hombre de mente raquítica y embotada por toda la fantasía mediática en la que ha vivido y de ella proviene toda esta trama burlesca, esta singular realidad trastocada por el sueño.

II

Hay una entidad omnipresente en Aparta de mí este cálizUsted es quien en el sueño motiva las acciones del protagonista, es el Dios Padre sordo, que no da señales ni respuestas pero que espera de todos nosotros una fe inquebrantable. Es la voz del desierto que llama y exige, por quien hay que seguir avanzando, con quien el Maestro anhela ver una vez más una película de terror en un cine a la orilla de la ciudad y disfrutar de sus ojos cerrados mientras pasan los chisguetes de sangre. Usted es alguien frente a quien se siente culpa por haberse perdido en las dunas hipnóticas de unas caderas morenas, es quien tiene las manos que quitan un dolor de cabeza, es el mapa de este vía crucis, el deseo vuelto beso:

Besarla, de eso se trata. Poner mis labios junto a los suyos, ya sabe, presionar y moverlos por veredas húmedas de saliva […]
Besar con lengua y boca entera de largo y ancho.
Besar hasta que no queden líquidos entre nosotros, hasta que me diga usted que ya […]
Lo haremos delante de niños y niñas que sonreirán entusiasmados.
Lo haremos delante de adultos y adultas que nos odiarán por la repentina envidia.
Lo haremos delante de perros que ladrarán toda la noche […]
El caso es besar.
Besarla a usted.

Usted es a quien se escribe y cuenta este sueño.

III

Entre cervezas, pomos multicolores y botanas, entre idas y venidas de sus discípulos más cercanos al Oxxo —que antes no estaba en el barrio—, Jesús empieza a predicar: en el principio fue la Palabra: la Palabra Chévere.

En Aparta de mí este cáliz Jesús es alguien que prepara sermones y parábolas por las noches y se quiebra la cabeza por encontrar una manera de intercalar algún chistecito entre ellas. Es un rehabilitado, un arrepentido, un ex reo investido con la desconcertante luz del crimen. De él se cuentan sus hazañas, no es un personaje cualquiera entre los habitantes del barrio, entre la raza. Algunos le huyen, por ejemplo los ahora gordos padres de familia que antes fueron raza y que también ahora están rehabilitados, aunque de otros modos; otros, los jóvenes hijos de los antiguos camaradas, le veneran como a uno de los viejos legendarios del barrio, como al terror de los abuelos (padres de los otros rehabilitados), como a la sensación de sus ahora tías.

En este sueño chusco que articula la novela, el Rabí se queja de no tener una silla ergonómica, a la hora de la comida prefiere cerveza y sándwiches de atún, y cuando le lavan sus pies de hobbit se molesta si le restriegan las plantas porque no soporta las cosquillas. Es un ser que se aburre insufriblemente frente a los problemas de sus fieles seguidores: la mujer que alivia sus impulsos incontrolables de esposa sintiéndose esposa de cuanto hombre se le para enfrente; el escritor cuya vida pichicata erosionó su caudal de historias; el publicista que intenta ayudarle a dominar el mercado colocando La Luz, La Verdad y La Paz Eterna en el nicho de mercado que les corresponde y que propone estrategias que coloquen estos productos al alcance de los consumidores, que ayuden a que estén en sintonía con su visión del mundo, que den una imagen global de los mismos (por ejemplo, habría que contratar a cuatro copy writers para que escriban su biografía, cada una dirigida a segmentos distintos de la población); una esposa golpeada por su marido; un hombre aturdido por la certeza de que el amor ha huido de su matrimonio; otro a quien su mujer dejó en bancarrota y sin sus discos de Shakira luego del divorcio, etcétera.

IV

En la Jerusalén atijuanada de la novela hay apóstoles (uno de ellos se encarga de hacer la declaración de impuestos al Rabí y perpetrar mafiosas deducciones), protectores, profetas (Ezequiel, lector de novelas policíacas, virtuoso del acordeón y parlante solvente del latín es el más notorio y el que hace las indagatorias cuando éstas se requieren), hombres que pescan y romanos que hablan su lengua y se desentienden de la del barrio, el arameo (también prometen protección, justicia, soluciones al caos y al terrorismo, casi como los vecinos de la frontera norte) y una venganza en contra del Chuy que busca el camino más cruel para su consumación.

En el sueño de Aparta de mí este cáliz hay muchos mesías, no sólo el protagonista. Los hay pobres y ricos, que salen en la tele, que piden el voto a su favor, que les gusta retratarse con los niños y prometer una ciudad segura, pero con lo del milagro de Lázaro, un célebre ladrón de coches, este Mesías cobrará una fama irreprochable: luego de que las autoridades encontraran encobijado al susodicho a las orillas de la ciudad, el Maestro lo llamará a la vida y con este despertar las filas de fieles arrasaran en número a las de los contrincantes y las estadísticas lo mostraran como el Verdadero Hijo de Dios.

V

Admiro la concisión en la expresión, la exactitud de cada una de las oraciones del relato, el ritmo que resulta de su encadenamiento, la limpia mordacidad de la novela. En Aparta de mí este cáliz la ironía y el sarcasmo son forma. El humor no se reparte como el Maestro reparte condolencias (“como si fueran volantes”), ni Luis Humberto Crosthwaite es un mago al que se le noten las cartas adosadas en las mangas. La puya proviene de una aguda observación de la realidad inmediata de ese otro país que es el México del Norte, del oído aguzado y presto a los distintos estratos de los diversos lenguajes, fronterizos en más de un sentido, que circundan al autor (prolífico, por cierto: cuatro novelas, cinco libros de cuentos, uno de crónica e incontables columnas del San Diego Union-Tribune) y que con todo el oficio aprovecha y trasvasa a su literatura.

* Luis Humberto Crosthwaite. Aparta de mí este cáliz. México: Tusquets Editores, 2009. (Colección Andanzas).

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