Belleza, encanto y extrañeza:
la ciencia como metáfora*

John Banville

Deseo proponer una tesis que, si fuera tomada en cuenta, los académicos censurarían por escandalosa. Mi tesis es que la ciencia moderna, particularmente la física, está siendo obligada, por la presión de sus propios avances, a reconocer que las verdades que ofrece no son ciertas en un sentido absoluto, sino poético, que sus leyes son contingentes, que sus hechos son una especie de metáfora. Sin duda el arte y la ciencia tienen diferencias fundamentales en sus métodos y en sus fines. El quehacer de la ciencia implica un rigor inasequible para el arte. Una hipótesis científica puede ser comprobada –o, quizá más importante, refutada–, pero un poema, una pintura o una obra musical, no. Sin embargo, el arte y la ciencia se asemejan notablemente en sus orígenes. Fue un científico, Niels Bohr, el que declaró que una afirmación contraria a una gran verdad es también una gran verdad. Oscar Wilde hubiera estado de acuerdo.

Desde la Ilustración, el abismo entre el arte y la ciencia se ha abierto más y más con cada nueva etapa de la campaña por someter la naturaleza a la voluntad del hombre. La raza humana no puede soportar la indiferencia de la naturaleza y emplea las ciencias físicas para intentar exprimirle una palabra de reconocimiento. Pero lo que hoy en día consideramos ciencia no es, en su mayor parte, ciencia en lo absoluto, sino ciencia aplicada, es decir, tecnología. La maquinaria de la ciencia moderna es tan elaborada, y su construcción requiere tanto ingenio –requiere, ciertamente, tanta ciencia– que naturalmente confundimos el pensar con el quehacer. El gran acelerador de partículas del CERN, por ejemplo, es para nosotros la auténtica imagen de la ciencia moderna: una máquina vasta e inconcebiblemente costosa construida para realizar operaciones minuciosas e inimaginablemente complejas, cuyos resultados sólo pueden ser interpretados por un puñado de físicos. Pero estamos dispuestos a pagar el costo de construir estas máquinas, estamos dispuestos a permitir a los físicos sus reglas arcanas y su lenguaje especializado porque creemos que están metiendo sus manos en las propias entrañas, o, más bien, en las propias sinapsis de la naturaleza. Y hasta cierto punto creemos que nos traerán noticias de otro avance, otra versión condensada de la variedad del mundo, otra E=mc2, sólo que más grande y mejor. Quizá esta vez hasta puedan descubrir la ecuación final, la Gran Teoría del Todo. Entonces, como Stephen Hawking lo plantea, “todos nosotros, filósofos, científicos y gente ordinaria (estoy pasmado por esta distinción, por cierto), podremos participar en la discusión sobre el porqué de nuestra existencia y del universo. Si halláramos la respuesta a esto, sería el último triunfo de la razón humana: pues entonces conoceríamos la mente de Dios”.

john_banvilleEsta insensata palabrería, proveniente de tal eminencia, nos engaña con la noción de que el propósito de la ciencia es hallar el “significado” del mundo. Parece cierto que debe haber un significado, de otro modo ¿cómo es que existe tal cosa como el progreso? La ciencia sigue descubriendo más y más secretos, se sigue acercando más y más a… bueno, a algo, del mismo modo que los cómputos de los cálculos infinitesimales se aproximan más y más al infinito sin llegar jamás ahí. Seguramente el progreso debe ser progreso hacia algo, ¿algún destino final por la búsqueda del conocimiento? Pero a mi entender el mundo no tiene significado. Simplemente es. La estremecedora pregunta “¿Por qué existe algo en lugar de nada?”, que formuló Leibniz, es significativa no porque haya una respuesta posible, sino porque de ese ciego y efervescente caos que es el mundo habría emergido una especie capaz de plantear tal pregunta.

La ciencia y el arte son distintas maneras de mirar una misma cosa, esto es, el mundo. Tomemos el caso de Goethe. En su papel de científico amateur, se opuso con vehemencia al modelo mecanicista de la realidad de Newton. Goethe estaba equivocado, es decir, la suya era una mala ciencia; aunque sus escritos científicos no son mala filosofía ni mucho menos mala poesía. Alegaba que la ciencia siempre debe mantenerse en la escala humana. Se oponía al uso del microscopio porque creía que lo que no se puede observar a simple vista no debe ser observado, y que lo que está oculto para nosotros está oculto por alguna razón. Con esto, Goethe provocó un escándalo entre los científicos, cuyo principio primordial, firme y necesario, es que si algo se puede hacer, entonces se debe hacer. No obstante, su furiosa negación de Newton fue más que una rabieta de celos de una gran mente que apunta su arma hacia otra. La teoría de la luz de Goethe es errónea en lo que se refiere a la óptica, pero en su expresión el autor alcanza un punto de intensidad poética que, a su manera, es tan persuasiva como cualquier cosa que Newton haya escrito. ¿Pero persuasiva en qué nivel?

Hay un mundo más allá de la política, dice el poeta Wallace Stevens, y podríamos ajustar esto para decir que hay un mundo más allá de la ciencia, o al menos, más allá del estado actual de la ciencia. A finales del siglo XIX, los profesores de física de las grandes universidades europeas alejaban a los estudiantes de tal disciplina porque creían que quedaban muy pocas cosas interesantes por descubrir sobre la naturaleza de la realidad física. Luego vino Einstein. Conforme nos acercamos al final del siglo XX, todavía somos culpables de hybris, como lo demuestran las declaraciones de Stephen Hawking que he citado. Posiblemente conseguiremos una Teoría de Campo Unificado que por un tiempo parecerá explicarlo todo, quizá hasta abarque el periodo que va de los Principia de Newton al primer escrito sobre la teoría de la relatividad de Einstein; luego un Heisenberg o un Gödel saldrán a señalar un cabo suelto que, al ser tirado, revelará la estructura completa.

La aventura no tiene fin: esta es una verdad que los artistas y los científicos sensatos –es decir, aquellos que no están cegados por la hybris, por una imaginación entumecida, o por ambas– siempre han reconocido. Sin embargo, la diferencia es que mientras el artista reconoce que en el arte no hay nada más que decir sino nuevos modos para decir las cosas de siempre, nuevas combinaciones de los materiales de siempre –un proceso que, paradójicamente, crea algo nuevo, es decir, la obra de arte–, el científico todo el tiempo parece estar empujando hacia un territorio que aún no ha sido cartografiado. Pero lo cierto es que la ciencia no estácreando este nuevo paisaje, lo está descubriendo. Einstein señaló más de una vez lo extraño que resulta que la realidad, tal como la conocemos, se siga mostrando dócil ante la ciencia del hombre. Indudablemente es extraño; de hecho, tan extraño que quizá debería hacernos sospechar un poco. Más de un filósofo ha conjeturado que nuestro pensamiento se extiende tan lejos como nuestra capacidad para expresarlo. Por lo tanto, también es posible que lo que consideramos realidad sólo sea ese estrato del mundo que tenemos la facultad de comprender. Por ejemplo, estoy convencido de que la teoría cuántica desafía la lógica del sentido común sólo porque ésta aún no se ha expandido lo suficiente.

científicos

No estoy argumentando que el arte es más grande que la ciencia, más universal en sus preocupaciones y más sabia al reconocer los tristes límites del conocimiento humano. Lo que propongo es que a pesar de las profundas diferencias entre los dos, hay un nivel esencial en el que el arte y la ciencia se asemejan tanto como para ser indistinguibles. La única diferencia significativa que puedo observar es que la ciencia tiene una extensión práctica en la tecnología y el arte no. Pero esto sólo se da en términos de utilidad. En el nivel que me interesa, el de la metáfora, tanto el arte como la ciencia son felizmente inútiles: en este nivel, por ejemplo, la teoría de la relatividad no tiene nada que ver con la bomba atómica.

El crítico Frank Kermode ha argüido, persuasivamente, creo, que uno de los grandes atractivos del arte es que ofrece “una sensación de final”. La sensación de totalidad que proyecta la obra de arte no se encuentra en ningún otro aspecto de nuestras vidas. No podemos recordar nuestro nacimiento y no conoceremos nuestra muerte; en medio está el destartalado circo de nuestros quehaceres y nuestros días. Pero en un poema, una pintura o una sonata, se completa la curva. Este es el triunfo de la forma. Es un engaño, pero lo deseamos y lo necesitamos.

El truco que realiza el arte es transformar lo ordinario en lo extraordinario y de regreso, con el abrir y cerrar de ojos de una metáfora. Cito una vez más a Wallace Stenvens, con unas líneas de su poema Notas para una ficción suprema (1942):

Debes volverte un hombre ignorante otra vez
y ver el sol otra vez con una mirada ignorante
y verlo claramente con la idea de él mismo.

Este es el proyecto en el que todos los artistas se han embarcado: someter la realidad mundana a un escrutinio tan intenso, apasionado e imperturbable hasta transformarla en algo rico y extraño manteniendo a la vez su solidez, su impasibilidad. ¿Difiere en algo el proyecto de la ciencia pura? Cuando Johannes Kepler reconoció que los planetas se mueven en órbitas elípticas y no en círculos perfectos, como la sabiduría que heredó lo había sostenido por milenios, contribuyó infinitamente a la riqueza de la vida y el pensamiento del hombre. Cuando Copérnico propuso la horrible noción de que no es la tierra sino el sol el centro de nuestro mundo, literalmente puso al hombre en su lugar, y no lo hizo ni para bien ni para mal, sino para demostrar cómo son las cosas. Cuando la teoría cuántica, quizá a inicios del próximo milenio, revele sus secretos, volveremos a ver el mundo con una mirada nueva e ignorante –y no como una ventisca de átomos, como una mancha arremolinada en una oscuridad inmensa e inimaginable, ni siquiera como esa canica blanca y azul fotografiada por los astronautas cuya belleza nos roba el aliento–, como el ordinario hogar que conocemos desde siempre, ese mundo que concierne por igual al arte y a la ciencia, aun en sus expresiones aparentemente más trascendentales. En los años setentas, cuando la teoría cuántica comenzó a emplear términos como “belleza”, “encanto” y “extrañeza” para referir las diversas propiedades de los quarks, un amigo volteó hacia mí y me dijo: “Oye, están esperando a que les des las palabras”. Advertí lo que quiso decir, pero no estaba del todo en lo cierto: la ciencia no necesita del arte para procurarse sus propias metáforas. La búsqueda del arte y la ciencia por revelar el mundo es idéntica. Rainer Maria Rilke habló en nombre de artistas y científicos cuando dijo:

¿Estamos aquí, acaso, sólo para decir: Casa, Puente, Fuente, Puerta, Jarra, Árbol de frutas, Ventana… posiblemente, Pilar, Torre?… pero por tal decir, oh, recuérdalo, por tal decir jamás las cosas esperaron tan intensamente ser.

*John Banville, “Beauty, Charm, and Strangeness: Science as Metaphor”, Science Magazine, julio de 1998, vol. 281, núm. 5373, pp. 40-41.

Traducción Alejandro Nájera
owl_alej@hotmail.com

Anuncios

Índice:

Disecciones

Al margen

¿Deseas colaborar en letras e intrusiones? Escribe un correo a letraseintrusiones@yahoo.com.mx

A %d blogueros les gusta esto: