¿Dónde está y quién es el dottore Pasavento?

Rodolfo Omar Montero

I

Doctor Pasavento de Enrique Vila-Matas se publicó en 2005 y a partir de entonces ha recibido reconocimientos como el Premio de la Real Academia Española (2006), el Premio Fundación Lara a la mejor novela del año (2006) y el Premio Letterario Internazionale Mondello-Cittá di Palermo (2009). Pero, ¿dónde está y quién es el doctor Pasavento? Conviene hacerse estas preguntas para una primera aproximación.

La arquitectura de Doctor Pasavento se cimenta en cuatro partes y desde la primera el narrador nos hace saber cuál es su obsesión: desaparecer. Desde un principio la tentativa de desaparacer lleva implícito el planteamiento de la desaparición como un intento de refirmación del yo, esta posición ambivalente a lo largo del relato derivará, por ejemplo, en una patética nostalgia por aquellos tiempos en que el protagonista, antes escritor más o menos célebre, firmaba dedicatorias en sus libros. También se entiende desde un principio que la idea de desaparición expuesta por el narrador está emparenteda con la que el escritor suizo Robert Walser tenía de apartarse del mundillo en el que se desenvolvían sus colegas contemporáneos (de sus prebendas, del pequeño poder y la fama que les confería y tan bien administraban) para mantenerse en esa singular relación con el mundo en la que vivió y que llevó a sus últimas consecuencias a través de una de las más extrañas estrategias que registra la historia de la literatura occidental: Walser estuvo recluido 23 años en un sanatorio mental (se le diagnosticó esquizofrenia) y no escribió una sola línea, destino parecido al de Hölderling, quien estuvo 36 años encerrado en la misma especie de baluarte.

II

Desde las primeras páginas de Doctor Pasavento sentimos a ese Enrique Vila-Matas que insiste en las singulares relaciones entre realidad y ficción y que cree incluso que la ficción puede configurar una realidad determinada. Veamos, el narrador deDoctor Pasavento sueña con la desaparición de un tal dottore Pasavento de físico parecido al escritor vasco Bernardo Atxaga, luego imagina un viaje en tren desde Madrid a Sevilla para encontrarse con el propio Atxaga, que en un quiosco de revistas compra dos novelas que están dando de qué hablar en España y que decide no leerlas sino escribirlas mentalmente durante el viaje. Unas semanas después el narrador recibirá en realidad una invitación para reunirse con Atxaga en Sevilla y hablar en un acto público de las relaciones entre realidad y ficción. Nunca llegará a la cita porque aprovecha una singular confusión a su llegada a Sevilla que le permite efectivamente desaparecer, ausentarse.

El narrador escribirá de manera casi azarosa la historia de su ocultamiento en cuadernos Moleskine (aclarará que no está escribiendo una novela y que no se dirige a nadie más que a sí mismo) y más adelante en papelillos cualquiera (cuya forma, piensa, determinará la forma de los escritos) y a lápiz porque siente que esta técnica de registro lo acerca más a su eclipse, a su desaparición. El narrador, que ahora se llama a sí mismo doctor Pasavento, se convierte a partir de aquí en un explorador del vacío, del abismo y a medida que el relato avanza una angustia incongruente se apoderará de él porque nadie lo busca, algo que parece desear más que nada en el mundo, incluso más que la misma desaparición.

El doctor Pasavento recordará (en uno de tantos recuerdos inventados) la palabraadios como la primera palabra que pronunció. Es decir, desde sus primeras apariciones en el mundo este personaje que seguimos sin saber dónde está y quién es realmente pretenderá estar ligado a la idea de despedida, de desaparición, a labella infelicidad que supone el ocultamiento a la Walser, a la renuncia a hacerse de un nombre en las letras, al sentimiento profundo y feliz de derrota ante la vida.

III

Dice el doctor Pasavento: “Tal vez el gran invento de Sterne fue la novela construida, casi en su totalidad, con digresiones, ejemplo que seguiría después Diderot. La divagación o digresión, quiérase o no, es una estrategia perfecta para aplazar la conclusión, una multiplicación del tiempo en el interior de una obra, una fuga perpetua”. ¿No es la divagación y la digresión también en Doctor Pasaventouna estrategia que ralentiza la acción de la trama y, además, le regala escondites al narrador, oportunidades para seguir embozado o de plano invisible? Qué manera más efectiva de desaparecer para el narrador que crearse múltiples identidades y nunca mostrar la verdadera: es Andrés Pasavento, el doctor Pasavento, el doctor Fausto, el doctor Pynchon, el doctor Pinchon (este ligero cambio en la ortografía supone otra identidad), el doctor Ingravallo y el doctor Bove. Varias de estos personajes cargan con sus recuerdos de infancia y adolescencia, con sus padres (inventados o robados de los recuerdos de otros) y con la conciencia de ser únicos. A este vendaval de identidades hay que añadir el placer descubierto casualmente por Pasavento al firmar libros ajenos (cosa que sucede cuando en París lo confunden con el escritor egipcio Albert Cossery) y cuando estas identidades dialogan entre sí, por ejemplo, el doctor Ingravallo le llama al doctor PasaventoJakob, como un personaje de Walser. Una complicación más, el doctor Pasavento está convencido de que “los otros nos obligan siempre a ser como ellos nos ven o como quieren vernos. En este sentido, la presencia o compañía de los otros es perniciosa, reprime la plena libertad de la que deberíamos disponer para construirnos una personalidad e identidad adecuadas a nuestra forma de vernos a nosotros mismos. Pensar que somos lo que creemos ser es una de las formas de la felicidad.”

Si bien Pasavento es supuestamente un doctor en psiquiatría temporalmente retirado y aficionado a una escritura estrictamente personal y privada, de manera paralela coexisten en él múltiples identidades, todas ellas cambiantes. Conforme avanza el relato la desaparición absoluta se le irá revelando como imposible al doctor, pero el narrador verdadero de la novela sí logrará ocultarse, diluirse y desaparecer perfectamente en el texto. Es como si escribiera la historia imaginada de su desaparición sólo por el placer de desaparecer en el texto. Cito a Pasavento que a su vez cita a Walser: “Qué extraña depravación alegrarse secretamente al comprobar que uno se oculta un poco”. Y: “Ese bandido walseriano se diluye y se embosca tanto en el texto que acaba incluso desdoblándose en dos: el que protagoniza la historia y el que la cuenta. Y ese que la cuenta tiene un extraño sentido del humor.” Algo muy parecido sucede en Doctor Pasavento, sólo que el bandido vila-matasiano se termina desdoblando en más de dos.

IV

Entiendo la desaparición del doctor Pasavento como una desaparición en un lugar imaginado, ubicado en un fin del mundo imaginado desde el cual se piensan e imaginan otras tantas cosas, incluidas las desapariciones de personajes como Arthur Cravan, Agatha Christie (quien estuvo once días desaparecida), Walser, Hölderling, Nietzsche, Artaud (cuyos padecimientos mentales hay que asociar a una idea particular de desaparición), el físico Ettore Majorana, el rey portugués Don Sebastián, Antoine de Saint Exupéry, Emmanuel Bove (que también mostraba afecto por el ocultamiento), el matemático Alexander Grothendieck (que traslada su residencia a un lugar desconocido cerca de los Pirineos), John Weldon Smith, etc. Ahí ubico ese más allá del abismo del que habla el narrador, esas “alamedas mentales” del fin del mundo en las que se pasea como un fantasma o como una sombra. El doctor Pasavento menciona la particular circunstancia de que Descartes pensó y vio el mundo sin moverse de su estudio de Ulm, en Alemania, ¿por qué no entonces pasear por el fin de nuestros mundos mentales desde nuestros gabinetes de trabajo?

 

Los lugares por los que supuestamente pasa el narrador son Nápoles, París (por dos hoteles distintos), Barcelona, Madrid, Sevilla, la Patagonia, Suiza, Lokunowo (inexistente hasta donde entiendo) y un último sitio que desconocemos. De todos sospechamos y terminamos creyendo que no está en ningún lugar. Todo es una metáfora del fin del mundo, del lugar en el que el protagonista reflexiona en un momento de la vida en el que sólo quería ser un discreto hombre de letras alejado de los reflectores:

Sólo me calmaba la idea de que en los últimos días había yo pasado a ser un escritor secreto. Ya no era el hombre que había caído bajo el tormento del reconocimiento público, esa especie de laurel que en realidad uno arrebata siempre a los otros, a esos otros entre los que están algunos escritores de verdad que, como decía Canetti, precisamente porque eran escritores de verdad terminaron “apagados y asfixiados, pudiendo escoger entre vivir como mendigos que molestan a todo el mundo o vivir en el manicomio”.

El narrador logra la desaparición escribiendo, escribiendo sobre ella. A cuenta viene otra vez Walser, un hombre en contra de la grandeza pública y de la idea de ser alguien en la vida (con toda la particular estética del fracaso que esto conlleva), un ser disociado de la realidad más inmediata y radicalmente solo (por cierto, el doctor Ingravallo cree que “La soledad es el afrodisíaco del espíritu, como la conversación lo es de la inteligencia”), intentando todo el tiempo desvanecerse, ser lo menos visto posible, llamar la atención lo menos posible. A cuenta vienen también los otros escritores que han sabido mantenerse aparte, fuera del centro, que han logrado escribir sin exponerse a los reflectores y por los cuales el doctor Pasavento siente una gran admiración: Salinger, Pynchon, Miquel Bauçà, etcétera.

V

¿Dónde está y quién es el doctor Pasavento? Conviene hacerse estas preguntas y no esperar contundencia en la respuestas porque el doctor ha sabido ocultarse bien detrás de la vieja pregunta “¿quién y qué soy?” y quizá él mismo sea el misterio de la identidad. En fin, si la verdad se halla escondida detrás de la realidad y de la ficción en la mayoría de las ocasiones como afirma el narrador de Doctor Pasavento, probablemente el placer de las respuestas esté no en encontrarlas sino en seguirlas buscando.

ommontero@yahoo.com.mx

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