Sobre la novela Casi nunca* de Daniel Sada

Alejandro Nájera

danielsada_casi-nadaHace algunas semanas, mientras conversábamos en el acostumbrado café de la Narvarte, bajo una tarde no tan amena como amenazada por la lluvia, mi amigo, sin dejar de atisbar, no sin nerviosismo, ora las nubes cargadas, ora los agujeros de la estropeada lona que pendía sobre nosotros, refirió cierto parecido físico entre el escritor irlandés John Banville y su homólogo mexicano Daniel Sada. Chisté, no muy convencido. La conversación se bifurcó hacia otros temas (entre paréntesis de inquietud por la fragilidad de la lona, que sin duda sucumbiría ante el inminente chubasco), creo que menos literarios. Sobrevino el aguacero. Renunciar al placer del tabaco para sortear una ducha vespertina. Ocupamos una mesa en el interior del local. El bullicio de la lluvia, mayor que el de los clientes, nos hizo callar. Conforme la tarde menguaba, me quedé pensando en la comparación aventurada por mi amigo, injustamente descartada. Sí, después de todo existe cierto parecido físico entre ambos escritores. Pero hay otro no tan visible, menos un parecido que una feliz coincidencia, acaso más elocuente: el predominio del estilo en las obras de uno y otro escritor. Descubrimiento reciente, feliz, también, tras la lectura de la última novela de Daniel Sada, Casi nunca.

Continúo sin rodeos: Sada ha escrito una obra portentosa. Se trata de la historia de Demetrio Sordo, el “agrónomo sexual”. Aburrido por la rutinaria administración de un rancho de Oaxaca, un día decide franquear la monotonía por medio de la práctica disipada del sexo. Tal decisión lo sitúa casi de inmediato en la “Presunción”, un burdel donde conoce a Mireya, morenaza de apetecibles carnes con la que no sólo se enreda entre las sábanas sino también en un tremendo lío amoroso. La relación, poco más que sexual, avanza sin obstáculos hacia el amor y un posible matrimonio hasta que Demetrio recibe una carta de su madre, doña Telma, en la que pide a su hijo acompañarla a una boda que se llevará a cabo en Sacramento, Chihuahua. Ahí, Demetrio conoce a Renata Melgarejo, reputada señorita del pueblo de la que queda irremediablemente prendado. A partir de ese momento comienzan las vicisitudes del agrónomo. Dudas y más dudas, confusiones que durante su apacible –léase “aburrida”– existencia en el rancho oaxaqueño difícilmente había vislumbrado; incertidumbre ya irrefrenable que lo induce a decisiones apresuradas, consiguientes fracasos y proyectos de vida continuamente replanteados. En medio de tanto desconcierto Demetrio enfrenta un dilema cuya resolución aporta más enredos: elegir entre el amor sacrosanto y el amor salaz, entre el sexo institucionalizado y el sexo inmoderado, vamos, entre el aguante y el ensarte. Renata contra Mireya: la pequeña rubia de ojos verdes contra la morena grandota y ardiente: la pudibunda contra la prostituta: contraste palpable que sintetiza los conflictos internos de Demetrio, que entre tumbos y penurias se mueve entre el desenfreno y la abstinencia. Sin embargo, quizá demasiado influido por su madre y su tía Zulema, el agrónomo escoge no coger y emprende una espera de cuatro años con el anhelo de desposar –y ensartar– a Renata. Entre tanto, el agrónomo enfrenta más vicisitudes, pormenores hilarantes, decisiones ambiguamente acertadas, un insoportable celibato aceptado a regañadientes, y un onanismo culpable que devela los desbarajustes de su conciencia: los deseos incumplidos, las flaquezas que acarrea la soledad. Vale decir, a favor de Demetrio, que su “buena estrella” nunca lo abandona por completo.

Me detengo por un momento y pienso si esta sinopsis dice algo al lector. La respuesta es casi inmediata: NO, rotundo, tal cual. Me explico: imposible revelar la riqueza literaria de Casi nunca; es necesario asistir a la experiencia misma de la lectura. Porque Sada urde la trama con perspicacia y pericia notables. Todos los acontecimientos, incluso el fugaz amorío de la tía Zulema o el trasfondo histórico de la obra, hallan su función en el texto y se amalgaman para incidir en la historia principal. Los personajes están construidos con estricta minucia, cada uno perfectamente delineado aun en los detalles más sutiles. Una vez acostumbrados a la peculiar sintaxis de las oraciones, la narración envuelve al lector en la intriga y se torna placentera, amena, deliciosamente humorística. Los sucesos son contados por un extraño narrador que se acerca y se distancia de los personajes a placer, que se atreve a adelantar circunstancias determinantes de la historia, y que explora la psicología de Demetrio a profundidad, con un saludable desparpajo que tiñe el texto de un tono risueño y desenfadado, pero sin abandonar la agudeza, a veces tierna, por momentos irónica, con la que aborda los embrollos del protagonista, conflictos que en la pluma de un espíritu grave suscitarían un relato depresivo. Para Sada el asunto es de una índole muy distinta. Sabedor de que las penas con pan son buenas (en varias escenas Demetrio habla de sus líos amorosos con la tía Zulema mientras remojan las conchas en el café con leche), recurre a una extensa gama del humor para atenuar las congojas y conferir al texto un sano equilibrio que rehúye el drama lacrimoso. No hay duda, insoportable torpeza sería no advertir el sólido oficio del autor.

Ahora bien, hay que decirlo, la historia en sí misma es convencional, no muy alejada de la novela amorosa tradicional, con sus bodas, flechazos, enredos, clímax y finales ¿felices? Pero esto no menoscaba las virtudes de la obra, por el contrario, realza el talento de Sada para la escritura. Porque a pesar de lo que he mencionado, es el estilo lo que genera la singular belleza de la novela. Esto me retrotrae a mi comparación inicial. John Banville ha declarado que el estilo es la esencia de toda obra literaria, y que concebir una oración digna implica un considerable esfuerzo intelectual y, por ende, mucho tiempo. Si pensamos que a Sada le llevó treinta años escribir Casi nunca podríamos asegurar que concuerda con las opiniones del escritor irlandés. No obstante, cabe aquí una distinción: a diferencia de Banville, Sada se involucra mucho más en el desarrollo de los personajes y en el tejido de la trama, pero a final de cuentas es precisamente su estilo lo que les confiere sustancia y profundidad. Para Henry James, otro gran estilista de las letras, la labor del novelista consiste en controlar el flujo ilimitado de la imaginación y del lenguaje para ceñirlos a la unidad que conforma la obra literaria. Casi nunca responde a esta concepción novelística. El lenguaje de Sada es un caudal controlado, afluencia de palabras que se combinan en las oraciones con rigor y precisión. Estos elementos son imprescindibles para Sada, pues a partir de ellos crea el ritmo de su prosa, que se mueve entre el frenesí y la parsimonia, entre el vértigo y la cadencia. En suma, el ritmo parece ajustarse a los movimientos del acto sexual, sin duda el tema central de la novela.

Indudablemente el sexo y el lenguaje, esos misterios inagotables, se entrelazan en la prosa de Sada. Valga la relación, pues en el autor se percibe un goce por la diversidad y amplitud de la lengua; se regodea en la variedad de registros, en los dichos y lugares comunes del habla popular para luego revelar sus sorprendentes hallazgos, remansos del lenguaje donde conviven la sutileza y la voluptuosidad, la exquisitez y la exuberancia.Casi nunca nos muestra a un escritor que domina su oficio a plenitud, dueño de un lenguaje vigoroso, sabroso, que no titubea ante el término sugerente, mucho menos ante la franca obscenidad. La elección de palabras es arriesgada pero certera, siempre atenta a la exactitud y al ritmo. Bien conocidas son las fórmulas poéticas que Sada vierte en su prosa, pero el lenguaje, más que musicalidad, genera una extraña sonoridad que expresa emociones intrincadas, frecuentes titubeos, suspiros casi ahogados. Para ello el autor se vale de una sintaxis dislocada, del uso recurrente de los dos puntos, de oraciones que se precipitan hacia la vaguedad, la inconclusión, o de plano hacia la interrogación. Sin duda el ritmo de la lectura halla su resonancia en las dudas de Demetrio, en esa sensación de incertidumbre que lo acompaña de Oaxaca a Sacramento, de ahí a Parras y –siempre– de regreso. La prosa de Sada es desplazamiento continuo, un ir y venir que parte de la lucidez para arribar a la ambigüedad, y en medio del trayecto, el caos en la conciencia del agrónomo: el sentimiento de insatisfacción por lo que no ha logrado o a pesar de lo que ha logrado. Demetrio en constante viaje hacia la consecución del deseo: jornadas interminables hacia un destino que se vislumbra inalcanzable.

Lo dicho: vueltas y vueltas en torno a un solo objetivo: el sexo. La esencia de Casi nunca está en sus palabras iniciales: “El sexo, como pretexto válido para romper con la monotonía; el sexo-motor; el sexo-ansiedad; la costumbre del sexo, como un hartazgo cualquiera que se volverá lastre…”. El sexo es el auténtico motivo de la novela. Cierto, están las situaciones amorosas, pero Sada las emplea para intrigar al lector en el largo curso de su relato y entregar, a final de cuentas, una visión irónica, sutilmente cruel, sobre la idea del amor puro y eterno. Mucho más compleja es la noción del sexo, generador a un mismo tiempo de vacíos y de alivios, de congojas y regocijos. Casi nunca rebasa la problemática amorosa y nos instala en una conciencia literalmente movida por un deseo persistente pero incierto, deseo que cifra su búsqueda en el sexo para apaciguar las desazones del alma. Basta observar a Demetrio y sus malabares para desposar a Renata, con una idea del amor muy enmarañada, pero con la mirada siempre fija en la luna de miel. Con ese tono tragicómico de la novela, que se concentra en el personaje de Demetrio, Sada reflexiona sobre la vulnerabilidad del hombre ante el desasosiego, la incertidumbre y la insatisfacción. Y ante todo el sexo como principio y fin. Puro alivio, puro placer la lectura de Casi nunca, novela imprescindible de las letras mexicanas desde ya.

*Daniel Sada. Casi nunca.  México: Anagrama-Colofón, 2008. (Narrativas hispánicas, 444).

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