La obra de arte nunca se nos revela en su totalidad. Su naturaleza constituye un misterio no menos insoluble que el de su gestación, por no mencionar el de su interpretación, que jamás será definitiva. Siempre habrá pliegues, bifurcaciones, rincones que pasarán inadvertidos para el lector, el escucha o el espectador. Aun sus senderos más transitados, los que más hemos gozado, nos deparan detalles, sutilezas en las que no habíamos reparado. Hay algo en la obra de arte que nos atrae, algo que se muestra extrañamente familiar y enigmático a la vez, como una puerta entreabierta que nos incita a entrar. Imposible no cruzar el umbral. Inmersos en ese territorio –siempre conocido, siempre novedoso–, nos asimos a una sensación que combina el reconocimiento y el descubrimiento: invariablemente hallamos un pasillo que conduce hacia lo humano, esa intrincada zona de silencios que hay que interpretar para explicarnos a nosotros mismos: de ahí surge el reconocimiento. La novedad, la originalidad, las virtudes y aun el goce que encontramos en la obra de arte emanan de la forma, precisamente de ahí surge el descubrimiento.

El presente número de letras e intrusiones aborda éste y otros aspectos de la manifestación artística: la manera en que se distancia de su creador para quedar en manos del público, que habrá de generar un sinfín de lecturas a pesar de la lejanía que guarden con las intenciones del autor; la necesidad de volver a los orígenes de una obra para recuperar, en la medida de lo posible, su esencia, para redefinir esos elementos que ha perdido con el paso del tiempo y deshacernos de interpretaciones fosilizadas y monolíticas; y finalmente, la obra literaria como resultado de una concepción fallida, carente de intenciones e ideas claras y definidas.

Así, en Disecciones presentamos la primera de tres entregas del ensayo “El triunfo de la forma. Reflexiones sobre la obra de John Banville”, en el que Alejandro Nájera discurre sobre el quehacer narrativo del escritor irlandés, novelista imprescindible en la escena literaria actual.

Andrea Camilleri sabe muy bien que cuando un libro ha sido publicado, ya no le pertenece más a su creador. Es por eso que en Gabinete presentamos el texto “Les cuento sobre el verdadero rostro de mi Montalbano” –traducido por Ana Lara–, en el que el escritor italiano intenta restablecer los auténticos rasgos físicos de su célebre detective, cuyo rostro, quizá, se ha multiplicado por el número de lectores de sus novelas.

En Reconstrucciones Rinette Goletto nos entrega “Contexto y descontexto de unos cantos goliardos”. Ahí, la autora lleva a cabo un minucioso análisis y una traducción de algunos versos para proponer una oportuna reinterpretación de la obra musical Carmina Burana. Con esto se aleja de la solemnidad tradicionalmente atribuida a dicha obra y se asoma a una zona, pocas veces aludida, que da lugar al desenfado, al erotismo y al humor.

Lorenzo Bajarlía escribe para Al margen una reseña sobre la novela más reciente del escritor mexicano Élmer Mendoza, Firmado con un klínex. A partir de este texto el autor nos demuestra que “el carácter inclasificable de una obra literaria no siempre garantiza su calidad”, y nos lleva a reflexionar sobre los motivos editoriales para publicar ciertos libros.

Sin más, damos paso a un número más de letras e intrusiones.

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Disecciones

Al margen

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