El triunfo de la forma
Reflexiones sobre la obra de John Banville

Alejandro Nájera

(Primera de tres partes)

…in literature we move through a blessed
world, in which we know nothing except
through style, and in which everything is
redeemed by style.

Henry James

The thing itself.

John Banville

Comienzo con una anécdota. George Steiner alguna vez afirmó que John Banville es “el escritor en lengua inglesa más inteligente, el estilista más elegante”. Para un gesto de reconocimiento, uno de aparente desaire. Hay que tener sentido del humor –ácido, de preferencia–, un ingenio mordaz, una inteligencia perspicaz y, sí, también cierta dosis de arrogancia, para no tomar en serio los elogios de la crítica literaria, menos aún si provienen de la pluma de una de las autoridades más respetadas. Así es, hay que ser John Banville para comentar, no sin insolencia, que “el viejo Steiner sólo ha dicho eso para demostrar su erudición”. La anécdota, si se quiere, puede ser banal, una de esas cosas que se cuentan en una reunión, con un tono de falsa modestia, para demostrar que uno está al tanto de lo que acontece en el panorama literario actual. Pero no es así. Sin duda hay ironía en sus palabras, de hecho, Banville es asiduo a practicarla, al menos así lo revelan numerosas entrevistas. La ironía es un modo de decir algo con la intención de decir otra cosa, generalmente lo contrario. Acaso el lector ha experimentado un ferviente deseo de objetar contra la escualidez de esta definición. Sin embargo, no es mi propósito realizar, aquí, una exhaustiva discusión sobre la ironía; sólo quiero señalar que es uno de las tantos recursos de un escritor profundamente preocupado por los modos, por las formas.

Para Banville la forma es la esencia del arte, de toda obra literaria, de su propia obra. Fiel a esta convicción, se ha hecho de un estilo singular e inconfundible que, sin exagerar, ha generado una de las propuestas más auténticas y arriesgadas de la actualidad, consecuencia de una labor extensa, ya prolífica, dentro del quehacer literario. A partir, quizá, de Dr Copernicus (1976), novela inaugural de The Revolutions Trilogy, la obra de Banville se puede leer como una reflexión sobre la trascendencia y las posibilidades de la forma. Basta recordar los afanes de Copérnico por enunciar sus novedosas teorías no sólo con elocuencia, sino también mediante una forma capaz de expresar con elegancia “la música secreta del universo”. Banville se ha entregado a una búsqueda similar que le ha permitido distinguir los alcances y límites de la narrativa y del lenguaje, la eficacia del estilo. Sin duda es un escritor que domina su oficio como pocos, y confía tanto en la originalidad de su trabajo que no ha dudado en exaltar sus cualidades en público –a la vez que minimiza sus carencias en privado, supongo–. Cuando le han preguntado qué opina de sus libros, invariablemente responde: “Los odio. Los detesto a todos. Sé que son mejores que los de cualquier otro, pero no son suficientemente buenos para mí”. No, Mr. Steiner, Banville no ha querido desairarlo, si acaso se ha burlado un poco: sólo un hombre tan erudito como usted podría reconocer las virtudes de ese irlandés insolente, su innegable inteligencia. Quizá lo que Steiner omitió es que tras la elegante prosa de Banville se oculta un pensamiento demasiado sutil, oblicuo, definitivamente agudo.

“No puedes negar la cruz de tu parroquia”, reza la sabiduría popular. Algunos de sus detractores han criticado el desinterés de Banville hacia los acontecimientos sociales de su país, que ha padecido episodios verdaderamente turbulentos. Cierto, jamás ha abanderado ninguna causa, no ha fungido como líder moral, ni ha exaltado orgullo nacionalista alguno. Sin embargo, no deja de reconocer sus profundas raíces irlandesas, aunque en una entrevista para el diario The Observer, aclara: “en términos de lenguaje”. Luego añade:

El inglés irlandés es una bestia muy distinta al inglés inglés o al inglés estadounidense. Muy distinta. La manera en que los escritores irlandeses se sienten muy felices con infundir ambigüedad a su lenguaje es muy diferente. Un escritor inglés tratará de ser claro. Orwell dijo que la buena prosa debe ser como una superficie de cristal. El escritor irlandés diría: “No, no, es una lente, distorsiona todo”. […] El lenguaje irlandés es increíblemente oblicuo. No dice las cosas directamente. Todo se expresa de manera muy oblicua. […] Si observas a Joyce, o incluso a Yeats, quien parece hacer oraciones declarativas, siempre es ambiguo. La ambigüedad es la esencia de la escritura irlandesa…

“A terrible beauty is born”, escribe W. B. Yeats en su poema “Easter 1916”. Desde Dubliners (1914) Joyce exploró la ambigüedad de la lengua anglo-irlandesa para llevarla hasta sus últimas consecuencias enUlysses (1922) y, sobre todo, enFinnegans Wake (1939). En At-Swim Two Birds (1939) Flann O’Brien reúne a una serie de personajes de diversas épocas, con distintas variantes, acentos y registros de la lengua, para desarticular las nociones de tiempo, espacio y lenguaje en la novela. Por su parte, Beckett prescinde casi por completo de los elementos del género –y de otros géneros– y concentra el dolor, el absurdo, el sombrío humor de la existencia humana en la expresión pura, inevitablemente ambigua, de la palabra. Y antes, mucho antes que ellos, Laurence Sterne. Cuando The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman (1767) fue publicada, la novela tenía muy pocos años de haber encallado en las letras inglesas. Pero Sterne tenía un sentido del humor muy torcido como para transitar el sendero lineal de la trama: pronto descubrió que el auténtico gozo de la novela está en la digresión.

Así, heredero de una literatura que trastoca las normas de una lengua injertada y las convenciones de la novela, Banville también opta por la ambigüedad del lenguaje y la trama imprecisa, por un discurso que pasa a través del tamiz de la conciencia, que nos devuelve una realidad sesgada, transfigurada, plena en bifurcaciones. Me atrevo a afirmar que Dr Copernicus supuso un auténtico fastidio para Banville, pues en su ejecución tuvo que ceñirse a los límites de la ¿biografía novelada?, ¿novela histórica?, ¿novela científica?, o cualquier cosa que sea. Al leer este libro se percibe a un Banville incómodo, cansino, seguramente abrumado por los innumerables datos históricos que debían ser incluidos para dar verosimilitud a la trama (for argument’s sake!). Pero no todo fue tan malo. En la tercera parte de la obra hace su aparición Rheticus, que así irrumpe en la historia de la novela y de la literatura: “Yo, George Joachim von Lauchen, llamado Rheticus, ahora asentaré la auténtica versión de cómo Copérnico llegó a revelar a un mundo que se regodeaba en un caldo de ignorancia la música secreta del universo”. Rheticus es un personaje prototípico en la literatura de Banville por ese estilo tan distintivo con que emplea la narración en primera persona, un recurso que adquiere madurez en The Newton Letter (1982), y que a partir de The Book of Evidence (1986) consigue un altísimo grado de efectividad y significado. Rheticus confirma lo que alguna vez Henry James, refiriéndose a esta clase de narración, llamó “el abismo más oscuro de la composición”. Tras la narración omnisciente de las dos primeras partes viene la versión de Rheticus. Remoto e inescrutable, profundamente silencioso, Copérnico consigue descifrar “la música secreta del universo”, pero sin explicación alguna se rehúsa a publicar sus teorías por varios años. No obstante, Rheticus devela el misterio: se asoma al abismo que el científico heredó a la humanidad:

Ustedes imaginan que Koppernigk situó al Sol en el centro del universo, ¿o no? No fue así. El centro del universo según su teoría no es el Sol, sino el centro de la órbita de la Tierra, la cual, como admite el gran y poderoso Libro de las revoluciones que lo explica todo, está situada en un punto del espacio a una distancia del Sol ¡de unas tres veces el diámetro del Sol! Todas las hipótesis, todos los cálculos, las tablas, cartas y diagramas de estrellas, la entera mezcolanza de mentiras, medias verdades y autodecepciones que es De revolutionibus orbium mundi (o coelestium, como supongo que debo llamarlo ahora), fue ensamblado simplemente para comprobar que en el centro de todo no hay nada, que el mundo gira sobre el caos. […] No es mi voluntad concederle demasiado, pero hacerlo es mi deber: que si su libro poseía algún poder, era el poder de destruir. Destruyó mi fe, en Dios y en el Hombre… pero no en el Diablo. Lucifer está sentado en el centro de este libro, con su sonrisa habitual, fría y gris. Tú eras el mal, Koppernigk, y colmaste al mundo de desesperanza.

Rheticus abre fisuras en la objetividad y nos entrega esta visión francamente pesimista sobre la revolución copernicana. A través de este personaje Banville proyecta las sombras de los acontecimientos, sondea el incomprensible hermetismo de Copérnico para desentrañar las implicaciones de su descubrimiento. Cierto, la versión de Rheticus está sesgada por su compleja relación con el astrónomo; su discurso muestra a un hombre desmedidamente ambicioso, conflictivo, cínico, resentido, mentiroso. Y sin embargo, es él quien confiere profundidad a la novela: sus palabras penetran la superficie de los acontecimientos, crean una lente que distorsiona y expande la esencia de la verdad que nos revela. Es ésta una verdad terrible, irrefutable, que los entusiastas de la ciencia se negarían siquiera a considerar porque irónicamente acarrea más incertidumbre que certeza, una inquietud permanente.

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