Firmado con un klínex

o el músculo flácido de Élmer Mendoza

Lorenzo Bajarlía

Buena parte de los textos que comprenden Firmado con un klínex (Tusquets, 2009), la obra más reciente de Élmer Mendoza (Culiacán, 1949), difícilmente podrían entrar en ese género literario que por conveniencia denominamos cuento y que para conveniencia de esta reseña llamaremos relato. De hecho, si alguna cualidad tiene este libro es la de evadir la fácil clasificación a la que algunos críticos son asiduos, que suelen emplear una adjetivación ampulosa, en muchas ocasiones lisonjera, que responde a las necesidades del mercado. Así, es difícil hallar semejanzas, referencias o paralelismos para escribir sobre este libro. Sin embargo, cabe señalar que el carácter inclasificable de una obra literaria no siempre garantiza su calidad. Firmado con un klínex es una muestra irrefutable de ello.

Se trata de una serie de relatos, breves en su mayoría, en los que deambulan personajes tan heterogéneos como extravagantes, extraños sin duda, algunos de ellos cercanos a lo caricaturesco o de plano instalados en lo grotesco (por no mencionar sus nombres, que resultan francamente chocantes: Zizi Pozos, capitán Guarniz, Truma, Agua, Tierra, Fuego, NZ, etc.). En estos relatos se dan cita, casi siempre sin fortuna, mujeres suicidas, traileros, motociclistas, asesinos, arquitectos, extraterrestres, narcotraficantes, nolectores, un detective privado, un hombre que posee el don de transformarse, futbolistas, la emperatriz Sissi y hasta algunos escritores contemporáneos (seguramente varios de ellos aún no han perdonado a Mendoza). Las situaciones que los reúnen no son menos excéntricas. Referiré algunas.

En el relato que da título al libro, el detective Zurdo Mendieta se encarga de investigar la ola de suicidios femeninos que tiene lugar en Calitháh, ciudad supuestamente ficticia, evidentemente norteña. El caso es misterioso no tanto por siniestro, sino porque las mujeres se quitan la vida con una voluntad decididamente jubilosa. Con elementos muy trillados de la literatura policíaca, el relato está escrito con una prosa tan directa que, sin hacer demasiadas escalas en la urdimbre de la trama, arriba con urgencia a la solución del caso para revelarnos que el móvil de los suicidios es, nada más ni nada menos, que un lápiz labial.

“Cuerpo” es un asomo a la crisis de una Miss Sinaloa decadente que se debate entre sus culpas y la obsesión por su belleza. El relato inicia con una conversación entre la chica y alguien llamado Yo (no sabemos si el yo interno de la chica u otro personaje), una especie de conciencia que resulta un fastidio por sus muestras de desdén hacia Miss Sinaloa y sus juicios morales. Tras una discusión sin sentido, Yo se aleja y la chica coquetea con un sujeto adinerado que la invita a beber cerveza… Fin.

En “Gard”, durante la noche previa a la final de la Copa del Mundo, un futbolista francés y uno italiano (Zidane y Materazzi, por supuesto; no alcanzo a comprender por qué Mendoza omite sus nombres) se encuentran en un restaurante y sostienen una discusión que culmina al siguiente día con el famoso cabezazo que el francés propinó al italiano. La anécdota da lugar a lo que, supongo, es el verdadero motivo del relato: un insulso juego de palabras a partir del término gard:

El francés se sentó y pidió gard, una especie de aguardiente con unas letras de menos […] se sentó y se sirvió gard, que en ese momento era una variedad de flor con unas letras de menos […] Horas después, ante millones de espectadores de los cinco continentes, el italiano hizo el juego de su vida, incluso fue derribado por un gard en el pecho, embestida brutal con las letras justas.

En “Ytsé”, tres hombres y un extraterrestre se disputan el amor de una hermosa mujer procedente de Cabizbajía (¡inenarrables los vuelos imaginativos de Mendoza!), a saber, lugar de “gente peligrosa, pendenciera y muy hermosa. La base de su economía es el comercio de órganos con otros planetas”. Obviamente la mujer elige al alienígena para descuartizarlo.

¡Lo juro!, estos son los contenidos de Firmado con un klínex. A decir verdad, después de semejantes lecturas no queda mucho por decir. No pretendo minimizar el trabajo del autor, acaso dejé escapar algún detalle que vuelve fascinante el libro de Mendoza. Quiero pensar que la trivialidad es voluntaria, que el autor no se propone nada serio, que confía ciegamente en su desparpajo. El problema es que en muchos casos el desenfado y el relajo son utilizados como licencias para permitirse cualquier tipo de cosas, sin advertir que existe la posibilidad de caer en la chabacanería o en la sandez: “El otro continuó sonriendo, luego besó a Blanca Nieves, se casó con ella y tuvieron muchas manzanitas”.

Además de la dudosa calidad en el contenido de los textos, el tratamiento es muy pobre. Para ningún escritor es un secreto que la ejecución de un cuento exige la economía de recursos, pero los relatos de Mendoza confirman que hay ocasiones en que economizar es una obligación si se carece casi por completo de recursos. Porque la prosa es hueca, llana, simplona, demasiado superficial, a tal grado que nos hace sospechar que el estilo de Mendoza no posee intención alguna, sino que es el único remedio al alcance de la mano, una simple herramienta que le permite realizar juegos de palabras pueriles y anodinos, dar cuenta de una serie de sucesos que a veces ni siquiera están adecuadamente entrelazados, o experimentar con situaciones fantásticas, supuestamente alucinantes, que en realidad no tienen ni pies ni cabeza. Ejemplos de esto son “Rompecabezas” y “Si te vas a enamorar que sea de alguien así”. Extraigo un párrafo de este relato:

Se puso de pie. Debo irme, en media hora inicio mi vida de alcohólica y este no es el lugar. Pero, ¿y yo? No hablemos más de eso, mi mejor amiga celebra su cumpleaños y es hora de ir con ella. Cuando menos dime dónde quedaste. Me lancé al río con todo y carro, deberías dirigir la búsqueda de mi cuerpo, estos bomberos van para allá. Con razón viniste caminando; oye, si no quieres ser mi amante puedes ser mi tía. Ya, en otra vida hablamos, soy mayor que tú pero no tanto, ¿Fue en la curva donde siempre decías que querías tener un accidente? ¿Allí? Pero si nunca te gustó. Mira, si lo que pretendes es que te lleve a la fiesta: no puedo, tu amiga me detesta. Lo sé, deberían hacer el amor, el sexo arregla hasta la plomería. ¿Entonces? Sigue a los bomberos. No quiero extrañar tu imaginación. Estoy a punto de convertirme en alcohólica y no sabré nada de nada. ¿De qué color es tu ropa interior? Roja, ¿es importante? Tendré sueños de colores. Paró un taxi. Nos vemos, entró sin abrir la puerta. ¿Qué cuerpo traías al caer? Ese en el que casi no tengo nalgas, el taxi se empezó a mover, ¿Y crees que voy a buscar ese adefesio?

Maupassant y Nerval nos enseñaron que sus relatos suponen una forma del delirio, que el artificio literario establece un orden aun en la locura. Mendoza nos enseña que sus relatos responden a un delirio sin forma, al franco disparate, a una testaruda intención, por lo demás sospechosa, de extrañar –por no decir engañar– al lector. Y lo consigue. Ciertamente, sus relatos resultan extraños, pero tal extrañeza conlleva algunas de las principales debilidades del autor: velar las deficiencias del libro, la superficialidad de los temas, los lugares comunes, la ineficacia para resolver las tramas. Los finales abiertos de varios de los relatos conducen –como corresponde a este recurso literario– a la irresolución, en este caso, a un intento de ambigüedad que el lector no puede interpretar simple y llanamente porque no cuenta con los elementos para hacerlo, porque la osamenta de los textos es insostenible. La irresolución no puede quedar en manos del lector cuando el autor no ha sabido qué hacer con ella. Porque, sin duda, las tramas son poco convincentes, inconsistentes en algunos casos, definitivamente gratuitas en otros, tal es el caso de “Fiesta”, una especie de listado de diversos escritores (varios de ellos amigos de Mendoza, supongo) y sus hábitos o frases más célebres:

Sonó el teléfono y supo que la iban a matar, confirmó Arturo Pérez-Reverte con un gesto enigmático […] Aquí se cuenta la vida de un hombre que solía despertarse casi siempre en un lugar diferente del que originalmente había elegido para dormir, explicó Paco Ignacio Taibo II, con su coca y el cigarrillo ciento dos […] Soñé que era Jesucristo y la besaba a usted, susurró Luis Humberto Crosthwaite…

Además de gratuitos, los relatos de Mendoza tienen un trasfondo que manifiesta una visión muy elemental de la problemática social o humana. El lápiz labial que provoca los suicidios de “Firmado con un klínex” supone la consecuencia de la enajenación televisiva, el efecto que ésta ocasiona en una sociedad dispuesta a morir por alcanzar un estilo de vida ilusorio, totalmente artificial, sólo posible en las telenovelas. En “La decisión”, la olla que presumiblemente contiene un tesoro se vuelve, en la humilde imaginación de NZ, un potencial generador de desgracias y penurias, un agente del mal que acarreará el fin de una existencia miserable pero apacible. La modesta vida de NZ, que se mantiene de su pequeño sembradío de marihuana, aparece como una transgresión afable, una linda apología de aquellos que indirecta e inocentemente viven del narcotráfico, cuando en realidad se trata de la resignación menos adusta de una rancia semi-utopía hippie, o la última expresión de un bucolismo ranchero que sobrevive a expensas de narcotraficantes y jóvenes universitarios. Así, la decisión de NZ se atiene a una de las frases más lastimeras de la sabiduría popular mexicana: “pobres pero felices”, procedente de la elevadísima filosofía de las películas del ídolo de Guamúchil y hasta de los hermanos Almada, probables fuentes del pensamiento de Mendoza.

Paradójicamente, los relatos más logrados de la colección son aquellos en los que Mendoza no se propone jueguitos de palabras, pretensiones raras ni falsos experimentos. Me refiero a dos historias mucho más convencionales en todo el sentido de la palabra: “La casa de las sirenas” y “La secta de Gutemberg”. Aunque dudo que alguien deseé adquirir un libro sólo para leer un par de relatos que, a decir verdad, tampoco son excepcionales, he de advertir que en “La secta de Gutemberg” Mendoza, en un nuevo alarde de su inigualable desenfado, hace gala de sus vastas referencias literarias aludiendo, una vez más, a los miembros de su círculo literario, e incluso a ese genio de la literatura contemporánea que es Dan Brown… Ya el lector habrá de decidir si gasta su dinero y su tiempo en una serie de relatos, según la contraportada del libro, “sin paja y con mucho músculo”. Aunque un músculo más bien flácido.

eal.bajarlia@gmail.com

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