El triunfo de la forma
Reflexiones sobre la obra de John Banville

Alejandro Nájera

(Segunda de tres partes)

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No sé si sea justo referirse a Dr Copernicus como una novela fallida, después de todo, contiene elementos que hicieron de Banville un escritor de renombre. Lo cierto es que tras la lectura de este libro me pregunté qué lo había motivado a escribir sobre astronomía y científicos ilustres. Una aproximación desordenada a su obra aclaró mis dudas. En las primeras páginas de The Book of Evidence Freddie Montgomery dice:

Acometí el estudio de la ciencia para hallar certidumbre. No, no es así. Mejor decir que acometí la ciencia para hacer la falta de certidumbre más manejable. Ahí había un modo, pensé, de erigir una sólida estructura sobre las arenas que en cualquier lado, siempre, se movían debajo de mí.

No obstante, en Kepler (1981) Banville ya había tratado el asunto a plenitud. A diferencia de Dr Copernicus, en este libro las intenciones del autor son menos nebulosas, menos obstruidas por la información histórica. Entiendo que para Banville el tema de la astronomía es sólo un pretexto para discurrir sobre la creación como un fenómeno ineludible no sólo en el ejercicio del arte, sino también en el de la ciencia. De acuerdo con esto, en Kepler Banville reelabora sus ideas y replantea, con suma claridad, la función del contenido y la forma en su escritura. En una de las cartas que conforman la cuarta parte de la novela, Kepler escribe:

Puesto que, como lo creo, la mente desde el inicio contiene las formas básicas y esenciales de la realidad, no es sorprendente que, antes de tener una noción clara sobre los contenidos, ya haya concebido la forma de mi libro en progreso. Siempre sucede así conmigo: ¡en el principio está la forma!

Si Dr Copernicus obedece a una estructura lineal, Kepler describe una elipse en cuyo centro se narra, precisamente, la formulación de la célebre teoría elíptica. A partir de esta obra la forma difícilmente se sujeta a las convenciones novelísticas, menos aun a la elaboración de una idea, sino a una estructura donde la idea, más bien, se ajusta a la forma preconcebida en la mente del autor. Ahora bien, en una carta anterior Kepler menciona: “…me parece que las verdaderas respuestas al misterio cósmico no han de encontrarse en el cielo, sino en ese otro firmamento infinitamente más pequeño, aunque no menos misterioso, contenido en el cráneo”. La siguiente novela, The Newton Letter, marca este cambio de perspectiva: Banville deja de mirar al espacio exterior para asomarse al espacio interior, no menos caótico, igualmente incomprensible. El universo ya no es un misterio que hay que descifrar, los secretos se han revelado y el mundo deviene una presencia completamente ajena e indiferente hacia los actos humanos, un lugar que, sin embargo, no deja de alterar y desconcertar al individuo. Ya Wincklemann, el personaje judío de Kepler, había sentenciado: “Se nos dice todo, pero nada es explicado”. Kepler acata esta noción con sensatez; Banville, tal parece, a regañadientes. No obstante, tendría que aceptar que esta breve oración detona buena parte de su obra posterior.

A falta de una solución medianamente plausible, o acaso menos imprecisa, Banville abandona las discusiones astronómicas y se concentra en las posibilidades de la forma. La trama pasa en definitiva a segundo plano; adquiere las características del pretexto en el sentido más literal y arcaico de la palabra. Si Rheticus vislumbra el abismo y Kepler lo toma con sabiduría, el narrador anónimo de The Newton Letter se halla completamente inmerso en el vacío. La célebre carta que intitula el relato le revela sus propias inquietudes:

El fuego, o lo que fuera la verdadera conflagración, le había demostrado algo terrible y encantador, como la llama misma. Nada. La palabra reverbera. Le da vueltas como un emblema mágico cuya cara posterior no ha de ser vista, y sin embargo, está enfáticamente ahí. Porque la nada automáticamente significa el todo. No sabe qué hacer, qué pensar. Ya no sabe cómo vivir.

Esta es una de las preocupaciones que comparten los narradores de los siguientes libros de Banville. En el recuento de sus experiencias manifiestan una profunda perplejidad, un conflicto de identidad, un sentimiento de alienación que los excluye del mundo e incluso de sí mismos. En The Book of Evidence Freddie Montgomery escribe:

Me sentí completamente distinto a mí mismo. Es decir, me sentía perfectamente familiarizado con este hombre grande, un poco gordo, de cabello claro y traje arrugado, sentado ahí de mala gana con las manos entrelazadas y girando los pulgares, pero al mismo tiempo era como si yo –el yo real, pensante, sensible– de algún modo hubiera caído atrapado dentro de un cuerpo que no era el mío. Pero no, no es así exactamente. Porque la persona que estaba dentro era también extraña para mí, mucho más extraña, de hecho, que la criatura física y familiar. Esto no está claro, lo sé. Digo que el que estaba dentro era un extraño para mí, ¿pero a qué versión de mí me refiero? No, no está claro en lo absoluto. Pero no era una sensación nueva. Siempre me he sentido… ¿cuál es la palabra?… bifurcado, eso es.

Quizá por esto los narradores banvillianos optan por retirarse a lugares apartados para huir del presente y refugiarse en la memoria. Experimentan una sensación de inquietud, una incertidumbre que los obliga a indagar en su interior para tratar de comprender su existencia y una realidad que a un mismo tiempo los fascina y desconcierta. Así los describe su creador: “Están completamente desconcertados. […] Mis narradores simplemente no pueden comprender. Y tienen la convicción de que otra gente sí, y que hay un enorme secreto que todos los demás comparten excepto ellos”.

Así pues, su búsqueda de explicaciones se cifra en narraciones abiertamente subjetivas, confesionales, colmadas de reflexiones, recuerdos y digresiones. En sus discursos hay grandilocuencia, refinamiento, afectación, una preocupación inusual por la precisa elección de las palabras. Sin duda los narradores de Banville tienen rasgos muy comunes, pero esto no significa que su literatura sea monótona; no en la obra de un escritor donde predomina la forma. Los libros de Banville, en todo caso, son variaciones sobre preocupaciones recurrentes, cada uno narrado por una voz singular que crea atmósferas, texturas y sensaciones muy distintivas. En su ensayo “Belleza, encanto y extrañeza: la ciencia como metáfora”, Banville señala: “…en el arte no hay nada más que decir, sólo nuevos modos para decir las cosas de siempre, nuevas combinaciones de los materiales de siempre –un proceso que, paradójicamente, crea algo nuevo, es decir, la obra de arte–”. Ya se sabe, la innovación en el arte literario no reside en la elaboración del tema, sino en el modo en que se ejecuta ese tema. Banville ha encontrado en el estilo el vehículo más eficaz para lidiar con sus obsesiones. El estilo, sin duda, es el auténtico protagonista de sus libros.

En The Book of Evidence Banville retoma el tema del asesinato, recurrente en la historia de la literatura, para crear la figura de Freddie Montgomery, otrora estudiante de ciencias y conocedor de la pintura flamenca que narra el homicidio que perpetra en contra de la sirvienta de una galería de arte, Josephine Bell. Ésta es la anécdota del libro. Para Banville el asesinato es sólo un motivo para dar voz a un hombre que realiza un obsesivo escrutinio del pasado para esclarecer los misterios de su conciencia, una pesquisa de recuerdos para explicar la fractura de su identidad y hallar, de ser posible, la redención.

Tras una existencia que, según el propio Montgomery, “no había sido una cuestión de señales y marcha decisiva, sino de virar solamente, una especie de lento hundimiento”, las palabras son el último refugio de un hombre anegado en una situación que ha desbordado todos los límites. Poco después de haber iniciado su declaración, escribe:

Nada de esto quiere decir nada. Es decir, nada significativo. Sólo me estoy divirtiendo, musitando, extraviándome en una confusión de palabras. Porque aquí las palabras son una forma del lujo, de la sensualidad, son todo lo que se nos ha permitido conservar de aquel mundo rico y derrochador del que hemos sido apartados.

A lo largo de su confesión el narrador pone una atención meticulosa en las palabras. En todo momento despliega elocuencia y un vasto vocabulario (incluso se lo ve ansioso por conseguir un diccionario); hurga en el lenguaje para prescindir del lugar común y hallar la frase apropiada, el término exacto: “Por cierto, al hojear mi diccionario me he quedado pasmado ante la pobreza del lenguaje para nombrar o describir la maldad”. A la manera de Humbert Humbert, el célebre protagonista de Lolita, Montgomery construye y reafirma su personalidad a través de un discurso ostentoso a la vez que virulento; recurre a la suntuosidad sin olvidar la mordacidad, la sutil ironía o el franco sarcasmo; exacerba el alarde lingüístico para demostrar su educación privilegiada y su exquisita cultura. Su mente, si bien perturbada, posee la lucidez para discernir los matices del lenguaje, que emplea para desentrañar la belleza aun de las experiencias más aflictivas. Elijo un ejemplo casi al azar:

Recordaba días como éste durante mi infancia, días extraños y vacíos en que vagaba sigilosamente por la casa silenciosa y me parecía que era una especie de fantasma, apenas presente, un recuerdo, la sombra de una versión más sólida de mí mismo viviendo, ah, viviendo maravillosamente, en algún otro lugar… Debo detenerme. Estoy harto de mí, de todo esto.

Lo que hace a Montgomery un personaje tan memorable es esa compleja personalidad que combina sordidez, melancolía, elegancia e hilaridad. Es un asesino que jamás pierde el estilo, mucho menos cuando hace gala de un humor que brota de las oscuridades de su alma: “Por el momento me las arreglaría sin ropa interior: incluso un asesino tiene sus principios, y los míos excluían meterme en los calzones de otro hombre”.

Hasta la publicación de sus novelas policíacas bajo el seudónimo de Benjamin Black, Banville había desdeñado la idea de urdir tramas. El término “novela”, de hecho, aún le parece inapropiado para sus libros. Antes que novelista Banville se considera un escritor de oraciones. No son pocas las ocasiones que ha declarado: “Considero que la oración es la invención más grande del género humano. ¿Qué más hemos inventado que sea más grande que la oración? Todo surge de ella”. Algunos consideran que esta aseveración es exagerada, pero no hay nada que defina mejor el trabajo de un autor que se preocupa más por depurar el estilo que por contar historias. De hecho, nada podría explicar la densidad de su prosa, que logra condensar diversas sensaciones para captar la esencia de un instante, toda la complejidad de la experiencia:

No es fácil blandir un martillo dentro de un auto. La primera vez que la golpeé esperaba sentir el agudo y limpio crujido del acero sobre el hueso, pero fue más como golpear barro o masilla dura. La palabra fontanela brotó en mi mente. Pensé que con un buen porrazo sería suficiente, pero, como lo demostraría la autopsia, tenía un cráneo notablemente fuerte: incluso en eso, ya lo ven, tuvo mala suerte. El primer golpe cayó justo en la línea del cabello, sobre su ojo izquierdo. No hubo mucha sangre, sólo una lustrosa abolladura de color rojo oscuro con cabello desgreñado. Ella se estremeció, pero permaneció sentada en posición vertical, balanceándose un poco, mirándome con unos ojos que no enfocaban adecuadamente. Quizá entonces me hubiera detenido si ella no se me hubiera lanzado súbitamente desde el asiento trasero, sacudiéndose y gritando. Estaba consternado. ¿Cómo me podía estar sucediendo eso?… era todo tan injusto. Amargas lágrimas de autocompasión brotaron de mis ojos.

Freddie Montgomery relata su atentado con una precisión delirante, rescatando a un mismo tiempo los detalles de las acciones físicas como todo lo que pasa por su mente. La escena concentra pathos, tensión, desconcierto, dramatismo y un sufrimiento que crea un extraño vínculo entre víctima y victimario. En los pensamientos de Montgomery se advierte una grotesca sensación de cotidianidad que contrasta con la brutalidad de su acto, como si Banville quisiera reproducir la arbitrariedad de la mente, los absurdos senderos que transita aun en las situaciones más aciagas. “Me impresiona la manera en que divaga la mente incluso en los momentos de mayor concentración”, dice Montgomery en algún punto de su relato. En efecto, las palabras se extienden hasta los confines más remotos del pensamiento. A través del lenguaje Montgomery vaga por los territorios de su mente, y en el trayecto la narración desvía su curso hacia la especulación o la digresión:

Confieso que no estaba totalmente sobrio, ya había abierto mi botella libre de impuestos para permitirme un trago, y la piel de mis sienes y en torno a mis ojos se estaba tensando de modo alarmante. Aunque no sólo era la bebida lo que me estaba poniendo feliz, sino la ternura de las cosas, la simple bondad del mundo. Esa puesta de sol, por ejemplo, con qué esplendor se posaba, las nubes, la luz sobre el mar, la desgarradora distancia turquesa, tendida, toda ella, como para consolar a algún caminante en sufrimiento. A decir verdad jamás me he acostumbrado a estar en esta tierra. A veces pienso que nuestra presencia aquí se debe a una pifia cósmica, que estábamos destinados para un planeta absolutamente distinto, con otras disposiciones, otras leyes y otros cielos más adustos. Trato de imaginarlo, nuestro verdadero hogar, afuera en algún sitio lejano de la galaxia, girando y girando. Y los que estaban destinados para estar aquí, ¿están allá afuera, confundidos y melancólicos, como nosotros? No, se habrían extinguido hace mucho. ¿Cómo podrían sobrevivir, estos gentiles terrícolas, en un mundo que fue hecho para contenernos?

Asimismo, se interna en regiones donde los recuerdos se tornan difusos: “Dios mío, ¿en realidad pude haber estado ahí? Ahora, en este lugar, aquello me parece más sueño que recuerdo”. Constantemente cae en imprecisiones y contradicciones: “La señora Reck era alta y delgada. No, era baja y gorda. No la recuerdo con claridad. No deseo recordarla con claridad. Por amor de Dios, ¿a cuántos de estos seres grotescos se espera que invente?”. O bien, afirma algo para luego desmentirlo, olvida e inventa nombres, miente: “Murió al anochecer. […] Detengan esto, deténganlo. No estuve ahí. No he estado presente en la muerte de nadie. Murió solo, resbaló sin que nadie lo viera, dejándonos a nuestra propia suerte”. Una crítica superficial –por lo demás enfadosa– diría que estamos ante un narrador poco confiable. Por supuesto que Montgomery es muy poco confiable, ¿y?… Banville no pretende confundir al lector ni sumergirlo en una marisma de vaguedad con el propósito de ocultar una deslumbrante epifanía. Su intención es explorar las emociones y pensamientos de una mente abrumada por la incertidumbre y el desconcierto. La ambigüedad es inevitable en un individuo que en su búsqueda de explicaciones necesariamente se confronta a sí mismo. Pero no hay explicación alguna, sólo la noción de que la verdad, como lo había insinuado Rheticus, en muchas ocasiones provoca un desasosiego mayor. Entre todas las imprecisiones y contradicciones, el crimen de Montgomery es la única verdad absoluta e ineludible. “What is done cannot be undone”, dice Macbeth después de matar al rey Duncan, pero Montgomery se empeña en reparar lo irreparable:

Este es, creo, el peor pecado, el esencial, el único para el que no habrá perdón: que jamás imaginé lo suficiente, que no la hice vivir. Sí, esa falta de imaginación es mi verdadero crimen, el que hizo posibles los demás. Lo que dije al policía es cierto: la maté porque podía matarla, y pude matarla porque para mí ella no estaba viva. Así que ahora mi tarea es regresarla a la vida.

Una empresa de tal naturaleza es prácticamente inasequible sin la escritura. Para Montgomery la exploración del lenguaje es una forma de sondear la conciencia, de reflexionar una y otra vez las experiencias, de reconfigurar la memoria, la identidad. El lenguaje es el único recurso de Montgomery para desentrañar las causas de su crimen y resarcir su falta de imaginación. De ahí su obsesiva preocupación por la vaguedad de las palabras: “Las palabras muy raramente significan lo que significan”. Y sin embargo, de ellas depende la redención, el sosiego del alma, aunque acaso sea efímero. En Ghosts (1993) y Athena (1995) Montgomery continúa su marcha.~

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