Dublinesca de Enrique Vila-Matas

Rodolfo Omar Montero

I

Llueve. Llueve desde hace tiempo de modo tenaz e intermitente en Barcelona. De los sujetos con impermeable y paraguas que por ahí caminan llama la atención uno de aspecto raro. ¿Quién es ese viejo de mierda cuyo ridículo reflejo se desliza por los escaparates de una calle anónima de esa ciudad? Es Samuel Riba, editor literario retirado y así se percibe, según nos cuenta el nuevo y singular narrador inventado por Enrique Vila-Matas para contar Dublinesca, su más reciente novela publicada.

La ruina del libro impreso está pronta a consumarse, lo sabe Samuel Riba y lo sabemos nosotros, quienes compartimos con él el tránsito de un mundo de libros con olor y textura, ocupantes de un lugar en el espacio, a un mundo con otro tipo de libros. Pero los frágiles pilotes que anuncian el colapso de la era del libro impreso parecen compartirlos la gran literatura, el heroico oficio de editor literario y su miserable vida a ras de suelo.

La idea de un futuro libro digital aplasta a Riba. Serenamente pensado no debería temblar de miedo ante esta posibilidad, pero la llama mefítica que abrasa con cínica lentitud y empeño lo que él llama “la era Gutemberg”, o “la galaxia Gutemberg”, es en realidad parte de un Apocalipsis privado en cuyas costras infinitas se proyecta su angustia.

¿Alguna otra fisura? A Samuel Riba el mundo le parece incomparablemente aburrido cuando no lo cuenta un buen escritor —a pesar de que casi todos le parecen despreciables— y desde que no puede beber alcohol, aunque “no encontró nunca nada en el alcohol, en el fondo de los vasos, y hoy en día no se explica muy bien qué buscaba ahí. Porque tampoco es que lograra escapar del aburrimiento, que volvía siempre implacable.”

Un mundo sin alcohol, de melancólica y obligada sobriedad, sin imprentas, sin buena literatura, con la amenaza de una severa vejez. Un mundo inestable que produce incomodidad. Un mundo de soledad: el Apocalipsis.

II

Llueve. Llueve desde hace tiempo de modo tenaz e intermitente en Barcelona. Dipsómano redimido (un problema renal que casi lo mata, sufrido un par de años antes del mayo en que inicia la novela, le impidió seguir con su brutal alcoholismo), víctima de un triste e incontrolable impulso a navegar en Internet de aquí para allá, visitante escrupulosamente puntual de sus padres ancianos —todos los miércoles, frente a ellos, se le ve dependiente, sumiso, subordinado, dócil, desamparado— Samuel Riba se ha convertido en sombra de la sombra de sí mismo.

Poderosamente atraído hacia la figura de Dennis Cleg, el Spider de Cronenberg, compone y recompone su pasado de editor, echa de menos a los verdaderos editores literarios, a los verdaderos escritores —piensa que la literatura es “hoy una sinfonía completa de cuervos perdidos en el mafioso centro de la selva fúnebre de su industria” — y a los lectores inteligentes:

Sueña con un día en el que puedan respirar de nuevo los editores literarios, aquellos que se desviven por un lector activo, por un lector lo suficientemente abierto como para comprar un libro y permitir en su mente el dibujo de una conciencia radicalmente diferente a la suya propia. Cree que si se exige talento a un editor literario o a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque no hay que engañarse: el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que exigen capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distinto al de nuestras tiranías cotidianas. […] Las mismas habilidades que se necesitan para escribir se necesitan para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven ellos…

¿Algo más que se extinga? Riba suscribe la pasión de haber buscado un genio literario y la decepción de no haberlo encontrado, de no haber encontrado a “un escritor capaz […] de estructurar el mundo de manera diferente. Un gran escritor anarquista y arquitecto al mismo tiempo. […] Alguien capaz de socavar y reconstruir el paisaje banal de la realidad”. Este genio tenía que haberse hecho cuerpo en alguien que fuera capaz de mostrarle al lector de manera aparatosa y radical un mundo desconocido pero no sucedió así, por más que varios de los escritores que atrajo a su catálogo fueran sorprendentes a ratos.

¿Algún desmayo más? Samuel Riba descree de la utilidad del impresionante catálogo que creó durante más de 30 años y que daba definitiva cuenta del pulso literario de una época. Y es que precisamente se siente sepultado bajo ese catálogo, bajo el personaje que ese catálogo creó en el mundillo de las letras. Pero, ¿cuál fue exactamente el fracaso? ¿Riba fracasó porque no supo encontrar, como el gran editor que creyó ser, al genio literario de la época que le tocó vivir, o por la poca habilidad para las finanzas que lo llevó a sentarse en la orilla de la bancarrota? ¿Fracasó por proteger a la editorial de manera fanática de las fabulosas embestidas comerciales de las novelas de sudarios, santos griales y estirpes malditas? ¿O fracasó en no darse cuenta de que todo era una desilusión más de sí mismo proyectada sobre su mundo en franco desfalco?

¿Algo más penoso? Cuando Riba logra desprenderse de la manía de googlear dudas e incertidumbres es para caminar descalzo y a oscuras por su casa, para prepararse un capuchino o un ridículo sándwich, para asomarse por la ventana —donde la increíble lluvia catalana se azota casi sin descanso y con fiereza a veces— e intuir la ciudad que ha desaparecido tras la cortina de agua, o para discutir con Celia, su esposa de toda la vida, y sentir la mirada que le reprocha no asumir que envejece y que es un editor retirado: dos de las varias y estridentes trompetas de su Apocalipsis privado.

III

El Apocalipsis. El final de todo. Samuel Riba cumplirá pronto 60 años y vive instalado en una “atmósfera de fin de trayecto”. El alcohol ejerce una poderosa y angustiante atracción, y aunque sin él parece descubrir realidades que habían estado ocultas —de sí mismo y del mundo—, también es cierto que el peligro de una recaída es constante. ¿Sin alcohol habría llevado la intensa vida social que ahora rechaza, pero añora? ¿Habría arriesgado tanto por la literatura?

Los funerales abundan en Dublinesca y son parte de su tono apocalíptico-paródico. El primero ocurre cuando Riba tira a la basura su teoría sobre lo que debería ser la novela en el futuro, aquella que debía cumplir de manera obligada con cinco elementos: “intertextualidad; conexiones con la alta poesía; conciencia de un paisaje moral en ruinas; ligera superioridad del estilo sobre la trama; la escritura vista como un reloj que avanza”. Riba celebra el funeral de manera socarrona porque para qué otra teoría de la novela. Para qué, mejor desprenderse, celebrar exequias por ella.

Pero a Riba no se le escapa que lo apocalíptico es una fantasía constante en la historia de la humanidad. Cuántas sociedades no se han imaginado al final de algo y los argumentos que revelaron su trágica situación les parecieron tan robustos como a cualquiera de nosotros nuestros argumentos alrededor de nuestro Apocalipsis. De modo que la única manera válida de celebrar funerales privados no puede ser otra que la parodia.

IV

Lonely in Ireland, since it was not home,
Strangeness made sense. The salt rebuff of speech,
Insisting so on difference, made me welcome:
Once that was recognised, we were in touch

PHILIP LARKIN, “The Importance Of Elsewhere”

Francófilo de pura cepa, Riba fue un precoz tránsfuga de la cultura castiza. Entiéndase con esto que siempre ha creído que la familiaridad y el cobijo del propio mundo lingüístico, la confianza que otorga, la actitud endogámica que promueve, amputan una gran parte de las posibilidades creativas, mientras que lo extraño, lo extranjero, aquello que nos obliga a sentirnos en un mundo nuevo, nos potencia, nos ensancha, nos obliga a inventarnos. Sin embargo, el demonio obtuso de la familiaridad ahora se le ha colado también a lo francés, entonces, hay que despreciarlo y darle la espalda, hay que dar un salto y “caer del otro lado”. Dar un salto anglosajón.

V

The downtown trains are full
With all those Brooklyn girls
They try so hard to break out of their little worlds

TOM WAITS, “Downtown train”

Desde hace varios años, Nueva York es el centro del mundo de Riba. Esta idea que puede parecer tan sorprendentemente chabacana es el corazón del salto anglosajón que quiere dar en su vida. Sólo ha estado en dos ocasiones ahí, pero en ambas se ha sentido en el centro del mundo. La segunda vez atravesó a pie el puente que conecta a Manhattan con Brooklyn, experiencia ya de por sí inolvidable pero más memorable fue que al final de la caminata estuviera la casa de Siri Hustvedt y Paul Auster. Esa hermosa y sorprendente casa de Park Slope donde la hospitalidad y la calidez fueron abrumadoras, esa casa donde le hubiera gustado vivir y que no podría estar sino en el centro de su mundo.

VI

Down stucco sidestreets,
Where light is pewter
And afternoon mist
Brings lights on in shops
Above race-guides and rosaries,
A funeral passes.

PHILIP LARKIN, “Dublinesque”

Dublín se le aparece en un extraño y revelador sueño a Riba. ¿Por qué no aprovechar esa ciudad para dar el salto, para sentirse forastero de una vez? ¿Por qué no asistir al Bloomsday si siempre ha sido gran admirador de Joyce y de paso celebrarle ahí un funeralito como en broma, como en serio, a la era Gutemberg? En ese sueño se sintió en el centro del mundo, como en Nueva York. ¿Cómo lo supo? Por el estado de agudísima felicidad que le produjo. Sí, Irlanda, país de grandes narradores, es ideal para dar el salto, para alejarse de su vida pedestre. Y mientras más se acerca Riba a su salto, más parece llover en Barcelona.

VII

Mayo, junio y julio. Tres meses es el tiempo de Dublinesca. De tres partes está compuesta, una para cada mes. Tinglado geométrico que presenta un momento crítico en la vida de Samuel Riba. La mayor parte de la acción es mental. El estilo es abrumadoramente claro. El título, Dublinesca, hace alusión a un poema de Philip Larkin: “Dublinesque”. Ahí una prostituta vieja es conducida a su entierro y a Riba le gusta comparar la situación actual de la literatura con esa imagen.

No se llega a saber quién es el narrador de Dublinesca y ya se sabe que eso no importa, pero es muy admirable el juego estructural que provoca la ambigüedad, la duda de quién pueda ser. Quien sea, Vila-Matas lo dotó de un punto de vista privilegiado: parece ser el fantasma que tantas veces roza el hombro de Riba, o enmascararse detrás del rostro de los varios personajes que ve de pronto y que cree conocer de algún lado y así, de pronto, desaparecen.

Si Nabokov pensaba que el desconocido que aparece varias veces en Ulises y que tanto inquieta a Leopold Bloom —y que revuelca a los críticos en toda clase de especulaciones— era el propio Joyce, por qué no habría Riba de mirar a su creador, o sentirlo, o intuirlo, o buscarlo. O inventárselo, porque Riba, que ha leído demasiada buena y mala literatura, tiende a deformar la realidad.

De cualquier modo hay alguien muy particular narrando Dublinesca y nosotros como lectores lo sabemos perfectamente, sentimos con toda claridad cuando se acerca a Riba, cuando se aleja, cuando mira detrás de su hombro, cuando espía sus actos, cuando camina silenciosamente a su lado, en fin, cuando le ronda o cuando le adivina el curso de los pensamientos. Sentimos a la perfección cómo alguien “lo estaría dirigiendo todo desde una luz cansada.”

El secreto narrador de Dublinesca desmonta estructuras típicas de la novela (acción, tema, personajes, ambiente, lugar, hora, día, estilo) y juega con ellas con tanto donaire que presume de la posibilidad de situarse él mismo en el plano narrativo y complicar las percepciones de Riba —quien de plano siente a veces que le suceden cosas que un novelista podría estar aprovechando para escribir una novela—. En una de las varias ocasiones en que ve a un desconocido misterioso que parece vigilarlo, se lee:

No se le ve dichoso, pero Riba prefiere pensar que el joven acaba de conocer la emoción que puede vivir cualquier mortal con pretensiones literarias cuando comprueba que el ejercicio de su arte le ha hecho sentir el aletazo de la genialidad. ¿Acaso no podría ser que el arte de ese joven consistiera en la íntima humildad de aprender a observar para luego tratar de narrar y descifrar?

Luego, en alusión a su sospecha de estar siendo escrito:

Hasta no hace nada, tenía la impresión de que era esencial para que una novela tuviera genio que, a lo largo de ella, un espíritu superior, más intuitivo y más íntimamente conciente que los mismos personajes de lo que estaba sucediendo, estuviera colocando el conjunto de la historia bajo la mirada de unos futuros lectores, sin participar él mismo en las pasiones, y movido sólo por esa placentera excitación que resulta del enérgico favor de su propio espíritu en el acto de exponer lo que con tanta atención ha ido contemplando.

Respecto a la incorporación de citas, reales o inventadas, Vila-Matas sigue fiel al procedimiento de sus obras anteriores. No de manera gratuita se menciona en la novela a modo de guiño la amistad que Riba tiene con la artista Dominique González-Foerster, y su afición al Godard de cierta época, ambos artistas amantes de la cita y la referencia real o inventada.

VIII

Sucede también que en Dublinesca aparecen fantasmas y su presencia es asimilada por Riba sin dramas. Son fantasmas del pasado, de la memoria. Fantasmas borrosos que apenas dejan el humo de su cigarrillo en el pasillo. Fantasmas imprecisos, casi impalpables, breves ráfagas de luz, presencias —¿grandes ausencias?—, algo que se deshincha en el ambiente. En su memoria se agita la definición del fantasma leída en Ulises: “—¿Qué es un fantasma? —preguntó Stephen—. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres”.

Incluso el narrador se divierte proponiendo que la fantasmagoría atañe al propio Riba, porque si una de las revelaciones de Swedenborg consistió en saber que cuando un hombre muere no se da cuenta de que ha muerto porque todo lo que le rodea sigue igual, excepto por algunas dimensiones ensanchadas —Riba recuerda esto precisamente frente al edificio de la Swedenborg Society en Londres—, y su madre descree de la realidad de la tenaz e intermitente lluvia que cae desde hace quién sabe cuándo para luego insinuar que todos los presentes en esa escena ya están muertos y no lo han notado, entonces el solipsista Riba podría ser un fantasma. ¿O es que no es un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres?

IX

Dice Claudio Magris en El infinito viajar:

Viajar es una experiencia musiliana, confiada al sentido de las posibilidades más que al principio de realidad. Se descubren, como en unas excavaciones arqueológicas, otros estratos de lo real, las posibilidades concretas que no se han realizado materialmente pero existían y sobreviven en jirones olvidados por la carrera del tiempo, en brechas todavía abiertas, en estados fluctuantes aún. Viajar significa echar cuentas con la realidad pero también con sus alternativas, con sus vacíos; con la Historia y con otra historia u otras historias impedidas y destituidas por ella, mas no canceladas del todo.

La literatura da la posibilidad de un cierto “viaje musiliano”. Quizá de alcances más discretos que los que quiere Magris para la experiencia del Viaje pues no involucra todos los ámbitos de nuestra percepción, pero la posibilidad está ahí. El viaje que propone la literatura puede romper las imperceptibles pero macizas líneas que conforman nuestros esquemas —o desdibujarlas temporalmente— y arrojarnos a una incertidumbre que en cualquier caso ejercita el hueso y músculo de la capacidad de comprender realidades y lenguajes distintos a los nuestros, universos mentales radicalmente distintos a los nuestros.

Dublinesca exige al lector la capacidad de emoción inteligente que Samuel Riba reclama en la propia novela pero la paga bien, porque del viaje que propone, el lector regresa a su país embebido de las vistas no sólo de otras realidades, ruinas, monumentos, miserias, climas, amores, enfermedades, aburrimientos y vacíos, sino también de ratos de extraña y estimulante luz.

Y sí, son ciertas las lisonjas que se reproducen intactas en tantos periódicos y revistas de la más diversa índole: Enrique Vila-Matas es actualmente uno de los narradores más inteligentes y arriesgados del orbe hispánico.~

∗Enrique Vila-Matas. Dublinesca. México: Seix Barral, 2010. (Biblioteca breve).

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