Partir de Ítaca. El arte de la escritura*

(Primera de dos partes)

Federico Patán

Voy a mi experiencia personal: el centenario del nacimiento de Graham Greene (1904-1991) provocó la necesidad periodística y académica de comentar a este narrador. Se me pidió que participara en un ciclo de mesas redondas. Acepté. He aquí una primera decisión indicadora de algo: me sentía dueño de suficiente información como para exponerla en público sin arriesgarme demasiado al ridículo. Una primera decisión, pues la segunda fue preguntarme qué decir de lo mucho que en torno a Greene podía decirse. Y decirlo, claro, desde un punto de vista personal, en un intento de evitar lo meramente anecdótico o lo puramente descriptivo.

Entonces, la propuesta vino de fuera y se enlazó con mis posibilidades de manejarla. Éstas significan ya la personalización del enfoque aplicado. Si se aborda con seriedad la literatura, cualquier producto ha de representar la interioridad del autor. Pero hay textos cuyo origen es más incierto. De pronto se los escribe siguiendo un impulso cuyas raíces no nos preocupa explorar durante el proceso de creación. Si acaso, meditamos en torno a esto ya concluido dicho proceso. Pienso que, de imponer esa meditación a destiempo, cancelaría el impulso de escritura, ahogándolo en consideraciones ajenas a su propósito inmediato. Tampoco es usual preguntarse, ya concluido el periodo de escritura, cuál ha sido el origen de lo producido. Se tiene el resultado final y basta. Cuando la crítica entra, no puede rastrear las motivaciones internas de un texto personal. Me refiero a las más íntimas, que algunas tipificaciones del autor pueden hacerse con base en explorar las repeticiones que se dan a lo largo de su obra.

La crítica suele desmembrar el cuerpo literario en sus componentes, atribuyéndole a cada una de éstas una función específica. Es tarea útil y, en manos sabias, iluminadora. Puede, así mismo, dar una interpretación general del texto analizado. Pero el origen último de éste huye de las redes que pueden tendérsele, excepto, tal vez, que las tienda el propio autor. Subrayo el “tal vez”. Como dije, lo hará a posteriori de la composición, si bien Virginia Woolf (1882-1941) parece desmentirme sin tardanza. En Diario de una escritora, de publicación póstuma en 1953, tiene comentarios a la obra ya terminada. Por decir algo, en 1919 escribe: “En mi opinión, N&D (Noche y día) es un libro mucho más maduro, pulido y satisfactorio que Viaje al extranjero”, comentario que entra en los que he descrito como a toro pasado. En 1921 aclara: “no estoy satisfecha de que este libro tenga buena salud. ¿Qué si alguno de la miríada de cambios de estilo hechos es antipático al material?”. Está comentando El cuarto de Jacob. Pero sucede que la pregunta se hace cuando el proceso de escritura ha terminado, y nada sabemos de los orígenes del texto. Vayamos a La señora Dalloway. En 1923 Woolf escribe: “Pero ¿qué pienso de mi escritura? ¿Es decir, de este libro, Las horas, si es que así va a llamarse? Debe escribirse a partir de un sentimiento profundo, dice Dostoievski. ¿Lo hago? ¿O me limito a fabricar con palabras, amándolas como las amo? No, pienso que no. En este libro casi tengo demasiadas ideas.”

Una vez más, los comentarios son al proceso de creación, no al origen mismo de la obra.

La obra deriva de cualquier estímulo, pero es necesario controlarlo y darle un propósito específico. Varios escritores pueden observar a un hombre comprándose un traje. Esa acción sencilla provoca un cuento, un poema o una crónica. En el caso del cuento, serán diversas las tramas y los significados en los distintos autores. Una serie de circunstancias personales determinará el rumbo de la historia, su tono, su atmósfera, su psicología. Sin duda cabe la posibilidad de buscar un momento o un personaje histórico que satisfaga la necesidad del “mensaje” que un narrador siente de pronto. El doctor Fausto sirvió a Thomas Mann (1875-1955) para permitirse, en su novela de 1947, meditaciones en torno a la creación, pero también para expresar “la última filosofía de nuestro autor: su meditación, acerba, desconsolada, lúgubre, sobre la suerte de Alemania y de toda la humanidad” (Estelrich, XXIII), siendo que otros autores (Marlowe, Goethe) aprovecharon tal personaje con intenciones distintas.

Quizá con mayor frecuencia la idea de un texto surge de un estímulo desconocido para el autor o, en palabras del Virgilio de Herman Broch (1886-1951), “¿De qué honduras insondables había surgido aquel verso?”. Cuando así sucede, el poeta se limita a obedecer el llamado, siendo su responsabilidad primordial el darle la conformación estética más elevada posible. Ahora bien, en ocasiones puede intuirse cuál fue el punto de partida. Digamos, que se lea un texto ajeno. En mi caso, “El mar de los desterrados” de Bernard Sicot, ensayo producto del interés que el autor siempre ha tenido en la llamada “generación hispanomexicana” de escritores. Leí el texto porque habla de esa generación, a la cual pertenezco, y porque conozco bien la obra que este ensayista ha venido publicando. Razones, pues, de orden personal. Primera consideración a destacar: el título. Abordado sin la lectura del ensayo, me hizo suponer que hablaba del mar que puso en el exilio a ese grupo. Hecha la lectura, confirmé la suposición. Mas la confirmé rectificándola: Bernard examinaba la presencia del mar en nuestra poesía y, claro, deducía el significado que en cada poeta el mar tenía como símbolo. Partiendo de una consideración general: “…por su abundancia polifacética y su polivalencia semántica, el tema marino me parece una de las marcas más significativas y distintivas de la poesía del exilio: la que en el exilio se escribe y que del exilio habla”, Bernard deriva hacia la presencia del mar en cada poeta de mi generación.

Llegado a mi persona, Bernard asegura que “en la poesía de Federico Patán, asturiano de origen, se explaya un abundante campo léxico marino” y da ejemplos irrefutables: naves, veleros muertos, veleros en marcha, anclas, brújulas engañosas. Mi primera reacción fue de estupor. ¿Yo poseedor de un abundante léxico marino? Compruebo, y la razón está con Bernard. Yo, que me siento un innegable animal terrestre, hablo de cuestiones marinas. He aquí un papel de la crítica: hacerle al autor obvio lo obvio que le estaba oculto. Dándole vueltas al asunto, recordé que Ítaca es un callado símbolo en mi primera novela, Último exilio (1986). Sirve de nostalgia al viajero que no habrá de volver a ella. Y andando en éstas, me vienen a la cabeza ciertas palabras. ¿De alguna hondura insondable? Helas aquí: “Siempre hay una Ítaca”. Las anoto. Cuando digo las anoto, quiero decir que las escribo manualmente. A diez o doce años de haberme iniciado en el mundo de la computación, sigo manuscribiendo mis versos. Quizá haya que preguntarle a ellos el porqué. Supongo que es cuestión de entregarse a un diálogo intimista, el cual disminuye ante el prodigio electrónico que es la computadora. De cualquier manera, al día siguiente leo aquellas palabras y comienzo a darles vuelta en el silencioso labrantío de mi mente. Al parecer, he querido expresar que siempre hay un punto de partida, noción a todas luces obvia. Por tanto, es necesario reforzarla y me viene un segundo verso: “Las islas son orígenes profundos”. Por alguna razón, el adjetivo no me satisface, pero lo dejo estar. Traducida, la idea es que nadie escapa de su origen. Tampoco hay aquí mayor originalidad. Dos versos, dos ideas manidas. Habré de redimirlas mediante la expresión o con lo que venga después. Muchos textos se basan en ideas manidas y el rescate viene en la manera de exponerlas…

*Este texto está tomado de Federico Patán, “Partir de Ítaca. El arte de la escritura”, en Revista de la Universidad de México, núm. 13, nueva época, México, marzo de 2005, pp. 60-64.

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