El triunfo de la forma.
Reflexiones sobre la obra de John Banville

Alejandro Nájera

(Última de tres partes)

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El arte de la pintura es un motivo recurrente en la obra de John Banville. La fascinación que experimenta Freddie Montgomery por Retrato de una mujer con guantes lo lleva a querer apoderarse del cuadro y a atentar contra Josie Bell, quien lo sorprende justo en el momento en que lo está robando. Ya en prisión, Montgomery destina buena parte de su tiempo al estudio de la pintura flamenca, mientras que en Ghosts lo vemos como amanuense del Professor Kreutznaer, especialista en arte. Viktor Maskell, en The Untouchable (1997), y Axel Vander, en Shroud (2002), también son expertos en la materia y no pierden la oportunidad de demostrar su erudición. Max Morden, narrador de The Sea (2005), es un historiador de arte que tras varios años y vicisitudes regresa a la casa donde solía pasar las vacaciones durante su infancia. El pretexto es escribir un libro sobre Pierre Bonnard, pero Morden dedica muy pocas páginas al pintor y se entrega, como él mismo lo menciona, a los brazos de Madame Memory. La narración de Morden se concentra en dos sucesos que no dejan de inquietarlo: el lejano verano en que conoció a la familia Grace y el reciente fallecimiento de su esposa Anna. Sin embargo, la referencia a Bonnard sigue operando en el subsuelo de la trama. Porque la pintura tiene una estrecha relación con la escritura de Banville. Para decirlo más claro, la pintura explica cómo se construye la narrativa en The Sea.

Morden es ante todo un observador. En sus recuerdos, aun en sus sueños, suele situarse fuera de las escenas que describe, su perspectiva es la de quien contempla un cuadro:

Estoy en el Strand Café, con Chloe, después de las películas y aquel memorable beso. Estamos sentados ante una mesa de plástico tomando nuestra bebida favorita, una copa alta de burbujeante orange crush con una cucharada de helado de vainilla flotando en su interior. Notable la claridad con la que, al concentrarme, puedo vernos ahí. De verdad, uno casi podría volver a vivir su vida si tan sólo pudiera hacer el suficiente esfuerzo para recordarla.*

La descripción, aunque breve, es meticulosa en sus detalles, se deriva de una apreciación atenta, cuidadosa, que corresponde a la de un espectador asiduo, a la de un estudioso del arte o a la de un artista: todos ellos participan del ejercicio de la observación y de la consiguiente revelación de significado. A través de la observación, diría Banville, es posible discernir la esencia de las cosas. Ésta es una de las nociones fundamentales en el proceso creativo del escritor irlandés, y en The Book of Evidence Freddie Montgomery la enuncia de esta manera: “Éste es el único modo en que se puede conocer a otra criatura: por la superficie, es ahí donde está la profundidad”. No solamente otra criatura, diría el narrador de The Sea, sino el mundo entero, el propio ser. Cada una de las escenas que Morden se detiene a contemplar en su memoria le genera una combinación de fascinación, misterio e inquietud que lo conduce a plasmarlas, a mantenerlas estáticas, para luego reflexionarlas e interpretarlas, para tratar de extraer el significado de sus experiencias. Su intención es reconstruir la superficie de sus recuerdos para poder contemplar el pasado a profundidad. Si Montgomery se afana en buscar las palabras que definan con mayor precisión el concepto de maldad, Morden las busca para recrear rostros, cosas y escenarios, para conferir solidez a las imágenes difusas y fragmentadas de sus recuerdos, en suma, para llenar los huecos de su memoria:

A la memoria le disgusta el movimiento, prefiere mantener las cosas en quietud, y como tantas de las escenas que recuerdo, veo ésta como un retablo. Rose está de pie, inclinada hacia delante con sus manos sobre las rodillas, el cabello cuelga desde su rostro formando una cuña larga, negra y brillante que gotea espuma de jabón. Está descalza, veo sus dedos entre el pasto crecido, viste una de esas blusas blancas de lino vagamente tirolesas que fueron tan populares en la época, de mangas cortas, holgada por la cintura, apretada de los hombros y bordada a lo largo del busto con un patrón abstracto de zurcidos rojos y azules prusia. El cuello de la blusa tiene una profunda ondulación y su interior me ofrece un claro atisbo de sus pechos suspendidos, pequeños y puntiagudos. La señora Grace tiene un vestido azul de satín y unas delicadas pantuflas azules que traen al exterior un incongruente aroma del tocador. Su cabello está sujeto por detrás de las orejas con dos broches de concha de tortuga, o pasadores, creo que así los llamaban. Al parecer no tiene mucho que salió de la cama, y bajo la luz de la mañana su rostro tiene un semblante crudo, toscamente esculpido. Está parada en la misma pose de la sirvienta de Vermeer con la jarra de leche, su cabeza y su hombro izquierdo inclinados, con una mano ahuecada bajo la pesada caída del cabello de Rose, y en la otra una jarra con el esmalte astillado de la que vacía un canal de agua denso y plateado. La caída del agua sobre la corona de la cabeza de Rose forma una mancha que se estremece y se escurre, como el parche de resplandor lunar en la manga de Pierrot.

Esta descripción, con su minuciosa adjetivación y sus referencias, refleja la influencia de la pintura en el pensamiento y la imaginación de Morden, particularmente la de Bonnard. La elección de los términos, su combinación y disposición en el párrafo reproducen la manera en que los colores y los trazos se distribuyen en el lienzo. Si la memoria, como afirma Morden, prefiere mantener las cosas en quietud, las palabras son el medio para perpetuar instantes, tal y como lo hace la pintura. A lo largo del texto Morden detiene a menudo su narración para captar momentos representativos de su vida:

¿Qué era lo que ella había estado haciendo en la mesa? ¿Arreglando flores en un jarrón?… ¿O es eso demasiado extravagante? Hay un parche multicolor en mi recuerdo de aquel momento, una luz trémula de brillo abigarrado en la que sus manos revolotean. Permítanme detenerme aquí por un momento, antes de que aparezca Rose, antes de que Myles y Chloe regresen de donde estén y de que su caprino esposo entre en la escena haciendo ruido; ella será desplazada muy pronto del palpitante centro de mis atenciones. Con qué intensidad fulgura ese rayo del sol. ¿De donde proviene? Tiene una proyección casi eclesiástica, como si, de manera imposible, su inclinación cayera desde lo alto de un rosetón situado encima de nosotros. Más allá de la ardiente luz solar, bajo la tarde veraniega, hay una plácida penumbra de interiores en la que mi memoria anda a tientas en busca de detalles, objetos sólidos, los componentes del pasado.

Los narradores de Banville están obsesionados por encontrar estos componentes del pasado, esos fragmentos desperdigados de sus recuerdos que desean articular para dar cohesión y sentido a sus existencias. Pero Montgomery y Morden no sólo comparten esta preocupación, sino también la necesidad de resarcir sus culpas: de rescatar a Josie Bell y a Anna, respectivamente, de la muerte. Morden escribe:

Estaba pensando en Anna. Me obligo a pensar en ella. Lo hago como un ejercicio. Está alojada en mí como un cuchillo y sin embargo estoy comenzando a olvidarla. Ya la imagen que de ella guardo en mi mente se está despostillando, hay pedacitos de pigmentos, escamas de hoja dorada que se están desprendiendo. ¿Algún día quedará vacío todo el lienzo?

La lectura de The Book of Evidence nos transmite una sensación de desesperanza porque en todo momento vemos a Montgomery apartado del mundo, confinado en su celda o dentro de sí mismo, imposibilitado o sencillamente incapaz de hallar una salida, inmerso en un pasado incomprensible que de ningún modo podría alterar porque ni siquiera cuenta con el consuelo de la imaginación. Aunque igualmente perturbado, Morden posee la facultad imaginativa para restaurar los detalles de sus recuerdos y recrearlos en el lienzo de la memoria: su propósito es evitar que el pasado se precipite al vacío.

El lienzo y la página en blanco son una especie de abismo, son espacios sin forma ni fondo que obligan al artista a crear algo que a un mismo tiempo se ciña y trascienda sus contornos físicos. Para Henry James los elementos de una obra de arte fluyen y se contienen a un mismo tiempo dentro de la unidad que los conforma. En su poema Ode on a Grecian Urn John Keats escribe:

¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
de hombres y de doncellas cincelada,
con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
tú permanecerás, entre penas distintas
de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
“La Belleza es verdad y la verdad Belleza”… Nada más
se sabe en esta Tierra y no más hace falta. 1

El modelo de Keats es una urna ática adornada con un grupo de hombres y mujeres que danzan en medio de los bosques bajo la música de flautas. Para el poeta inglés la forma física de esta pieza de mármol es la representación de la forma en el arte: una superficie que contiene y proyecta el movimiento en lo estático, la música en el silencio, la eternidad de un instante, una naturaleza de esplendor imperturbable. Ode on a Grecian Urn es una metáfora de la obra de arte, un canto a la forma. Es, sencillamente, lo que Banville ha denominado the thing itself: la escritura como un espacio donde memoria, imaginación y reflexión confluyen en la forma que el autor modela a través del estilo. En The Sea Banville perpetúa los recuerdos y las reflexiones de Morden a través de una serie de imágenes que combinan quietud y movimiento, escenas que trascienden el tiempo para alojarse en la memoria de su personaje; sonidos, colores, olores y sensaciones se condensan en una prosa que no cesa su búsqueda de palabras para penetrar la esencia de las cosas. La imaginación regenera los elementos, las atmósferas, los detalles de momentos y escenarios que tienen como trasfondo al mar, esa incomprensible manifestación de plenitud, de permanencia absoluta que también se circunscribe en un espacio físico. Tal es la forma de The Sea: la persistencia de los recuerdos que se suceden en la memoria como el vaivén de la marea, instantes eternos de una existencia terrible, inasible, hermosa.

En “Belleza, encanto y extrañeza: la ciencia como metáfora”, Banville refiere una de sus ideas más representativas sobre el arte:

La sensación de totalidad que proyecta la obra de arte no ha de encontrarse en ningún otro lugar de nuestras vidas. No podemos recordar nuestro nacimiento y no conoceremos nuestra muerte; en medio está el destartalado circo de nuestros quehaceres y nuestros días. Pero en un poema, una pintura o una sonata, se completa la curva. Este es el triunfo de la forma. Es un engaño, pero se trata de un engaño que deseamos y necesitamos.

Con The Sea Banville consigue transmitir al lector esa sensación de totalidad que en su opinión posee toda obra de arte. Sin embargo, el auténtico triunfo de la forma está en el conjunto de su obra, pues cada uno de sus libros persigue esa ilusión de plenitud que deseamos y necesitamos, y que únicamente el arte es capaz de generar. La búsqueda de Banville se concentra en esa frase aparentemente anodina: the thing itself: la forma de la belleza: la belleza de la forma. A final de cuentas toda obra de arte es felizmente inútil, y sin embargo, como proclama Keats, “La Belleza es verdad, la verdad es belleza: nada más se sabe en esta Tierra y no hace falta nada más”. Así es, solamente eso.~

*Todas las traducciones son mías.

1 O Attic shape! Fair attitude! with brede / Of marble men and maidens overwrought, / With forest branches and the trodden weed; / Thou, silent form! dost tease us out of thought / As doth eternity: Cold Pastoral! / When old age shall this generation waste, / Thou shalt remain, in midst of other woe / Than ours, a friend to man, to whom thou say’st, / ‘Beauty is truth, truth is beauty,––that is all / Ye know on earth, and all ye need to know.’ La traducción es de Julio Cortázar.

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