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Editorial

Número 6

Habría que asumir —ya sin remilgos ni arrebatos, ya sin rostros adustos ni angustiados— que hay palabras que no le vienen a la literatura. Términos como catalogar, clasificar, seccionar, limitar, circunscribir no se ajustan a ella. No cuando uno busca comprenderla a partir de una lectura personal activa e imaginativa. No cuando uno se aventura a reflexionarla o a interpretarla al margen de la estrechez de las modas o de teorías esquematizadas y tendenciosas. No cuando uno desea explorarla sin más ataduras ideológicas que las impuestas por el interés y el goce genuinos. Habría que asumir, también, que la literatura es en sí misma un universo, y como tal sabe establecer su propio orden dentro de ese caos de nombres, títulos, épocas, influencias y géneros que tanto preocupa a la academia. O más bien, que al igual que el universo, la literatura es capaz de concentrar orden y caos, de ahí que su equilibrio sea inherente, natural. Porque es una entidad que se comporta y se desarrolla de manera orgánica, como un bosque que extiende sus innumerables ramificaciones desde sus innumerables ramificaciones, que expande continuamente esa espesura en la que podemos adentramos por infinidad de caminos —unos más accesibles que otros— que siempre nos conducirán hacia algún claro, hacia algún imprevisto espacio. Y es por eso que sus confines son tan imprecisos, sus rumbos tan felizmente inciertos. Catalogar la literatura, o el intento de catalogarla
—proyecto por demás inútil, eternamente inconcluso—, implica imponer un sistema secundario a uno primordial, es un proceso de aislamiento que paraliza y trastorna sus funciones naturales. Seccionar la literatura y circunscribir sus fragmentos en casilleros determinados equivale a cortar sus circuitos y conexiones, a obstruir ese flujo permanente de múltiples cauces que se comunican unos con otros, con distintas manifestaciones del arte, o sencillamente, con lo vasto de la realidad. Al menos así lo entendieron cada uno de los autores que abordamos en el presente número de letras e intrusiones.

Lo dicho, en la tercera y última entrega de “El triunfo de la forma. Reflexiones sobre la obra de John Banville”, Alejandro Nájera aborda, en Disecciones, la proximidad entre pintura y escritura que se suscita en la obra del autor irlandés y el modo en que se enlazan definitivamente en la narración que da forma a The Sea.

En Gabinete Luisa Pérez Ocampo nos entrega el texto “Historias escuálidas y conmovedoras. Las cuatro estaciones de Leonardo Padura Fuentes”. Se trata de una aproximación al escritor cubano y a la tetralogía así titulada, pero también a los cambios que ha sufrido la literatura policíaca en Cuba desde los años setenta y su relación con los fenómenos políticos, económicos y sociales de la isla.

Hans Konrad Schrieber presenta en Reconstrucciones el texto “Knabengeschichte o la historia de un muchacho. Un cuento de Hugo von Hofmannsthal”, en el que comenta y traduce un relato del poeta, narrador, ensayista, libretista y dramaturgo austriaco, creador de espíritu decididamente inquieto que jamás se ciñó a los límites de las disciplinas que practicó, sino que pretendió fusionarlas para crear un arte innovador que se comunicara de manera directa con el alma de los hombres.

Finalmente, en Al margen Rinette Goletto nos comparte una lectura muy personal de la novela “ahora sí, accesible” de Carmen Boullosa, La virgen y el violín. Por medio de un tono festivo y desenfadado que en ningún momento aparta la lente crítica, la autora nos comparte una aguda apreciación de este “libro-galería, libro-barco” en el que también confluyen la pintura y la escritura, las dos grandes pasiones de su creadora.

Así pues, les damos la bienvenida al presente número de letras e intrusiones.

letraseintrusiones@yahoo.com.mx


Índice:

Disecciones

Al margen

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