La virgen y el violín, de Carmen Boullosa*

Rinette Goletto

No tiene el gran artista ni un concepto
que un mármol sólo en sí no circunscriba
en su exceso, mas sólo a tal arriba
la mano que obedece al intelecto.
El mal que huyo y el bien que prometo,
bella señora, en ti, divina, altiva,
igual se esconde; y porque más no viva,
se opone el arte al deseado efecto.
No tiene, pues, Amor, ni tu belleza
o rigor, o fortuna, o gran desvío
la culpa de mi mal, destino o suerte;
si en tu corazón muerte y piedad
llevas al tiempo, el bajo ingenio mío
de ahí, ardiendo, no extrae sino muerte.

MIGUEL ÁNGEL, “Soneto 5”

Renzo es bello, bellísimo y Sofonisba Anguissola es verdad. Él fabrica unos instrumentos magníficos, los mejores, y su familia, sin cargos de nobleza, es adinerada. Ella tiene un pincel que le vive en la mano divina y su familia noble es pobre. Estos son los seductores personajes principales de La virgen y el violín, novela de la mexicana Carmen Boullosa, que es reseñada no porque sea de reciente publicación (2008) sino por su reimpresión que la vuelve, ahora sí, accesible —pasando de Siruela a Debolsillo—.

Entre el bello artesano y la especialísima artista, que además es la chica del castillo de al lado, transcurre un amor de esos que esperan largo, que padecen constante y valientemente, de esos que el Renacimiento e Italia hacen verosímil.

Ella ama a Renzo, Renzo la ama a ella: Renzo es rico, ella es pobre; ya tiene veintiún años (en realidad veintitrés, pero no se lo digan a nadie), no hay otros pretendientes para ella, nadie la ha requerido porque no tiene dote… ¿Qué más pedir?

Sólo unos padres comprensivos y adelantados a su época, poca cosa. En todos los tiempos, con diversas razones y autoritarismos, hay quien se ha opuesto a que su descendencia se una a otra considerada inconveniente, provocando, al menos en la literatura, tragedias de grandes proporciones. Aquí artesanos, aunque adinerados, no son nobles ni aunque los otros estén muy venidos a menos. “No eran sólo celos de un padre al cariño de su hija (…) Era el desprecio por los que no tenían respeto alguno por la condición del aristócrata…”. El amor que estos cremonenses se profesan recuerda a otros, veronenses por ejemplo, y con mucha suerte alguno propio. Diría otro italiano pero éste florentino, como el padrino artístico de la señorita que le conoceremos más adelante, de nombre Marsilio Ficino y por poco de la época (1433-1499) que:

…aquel fulgor de la divinidad, que resplandece en un cuerpo hermoso, constriñe a los amantes a asombrarse, temer y venerar a dicha persona, como a una estatua de Dios. Y por la misma razón el amador desprecia, por la persona amada, riquezas y honores. Es justo y debido que las cosas divinas se antepongan a las humanas. Y acontece también, frecuentemente, que el amante desee transferirse en la persona amada; y con razón.

También el Renacimiento e Italia hacen verosímil que una mujer como Sofonisba tuviera sólo tres caminos posibles: el convento (pero quién querría enclaustrar el talento y la virtud de aquella joven… Ah sí, su madre), un matrimonio conveniente (pero quién querría recibir una mujer sin dote… Ah sí, Renzo) y un puesto de dama en la corte (pero quién querría alejarse del amor de su vida y de la alegría de sus hermanas a cambio de los lujos y galas reales —de realeza—… Sofonisba no). Claro que hay aromas feministas en el libro, afortunadamente, diría yo que son casi los justos y aparecen como parte de este lienzo que plasma a una mujer que nació en el 1532 y nació genial, la que es mirada desde una esquina por un padre con expresión avariciosa pero que, al mismo tiempo, rechaza coleccionistas de arte porque eso haría de su noble hija noble una cualquiera con oficio. Este padre ya había sido muy osado al dar una educación plena de sabiduría a sus hijas, en una sociedad en la que “eran consientes del valor del arte, pero ser artista no era para los de su clase”, aunque, en otro lado del mismo lienzo, estrecha la mano de Felipe II de España al cerrar el trato, por la renta de los impuestos reales a los vinos menores en Cremona, a cambio de los servicios de su hija –no como pintora, que quede claro, sino como dama– en la corte de Isabel de Valois. Es decir, no hay panfletos dentro de esta narración pero sí un marco ostentoso que resalta la real (aquí no tanto de realeza) injusticia. Por mujer, aunque en su época fue muy querida y apreciada por los de su gremio, tardó siglos en colarse en los manuales de arte, aún en 1980 el famoso retrato de Felipe II, en el que figura vestido de negro, muy regio y beato él y con un gorro hoy ligeramente cómico, aparecía en el Museo del Prado con el nombre Sánchez Coello en la ficha técnica. Otras de sus obras pasaron por tizianos, grecos, miguelángeles y demás. Cuando Felipe, cansado, necesitó una remozadita, los restauradores vieron emerger la firma Sofonisba. A partir de ahí, otros cuadros fueron puestos en duda y se debatieron victoriosos (como el retrato de Juana de Austria, antes Tiziano ahora Anguissola), y algunos no han terminado sus batallas (como La dama del armiño, quienes muchos tienen como obra principal del Greco y otros no1).

Lo que hace especial a la obra pictórica de la alumna de Bernardino Campi es por supuesto un dominio regio de la técnica, con una sorprendente y particular fuerza expresiva, pero más la historia que cuenta cada uno de sus cuadros y dibujos. También las pinturas de sus hermanas, aunque una es más latinista y la otra más intérprete del clavicordio, son de una factura espléndida pero no provocan las reacciones sobrecogedoras que Sofonisba sabe conseguir. Boullosa nos muestra a la gente de Cremona acercarse cuando se exhibe en el patio la última obra terminada de la apadrinada de Miguel Ángel. La gente en la calle, es decir los plebeyos, el populacho pues, todos piden a los Anguissola no guardar la tela para poder apreciarla un poquito más, de fondo oímos: ¡Mazapaaaanes! ¡Mazaaaaapanes!, e imaginamos al vendedor haciendo su agosto en medio del bullicio alterado por el arte. Incluso en los retratos de aquellos de sangre azul, que por encargo hace la artista cuando se cumple el sueño paterno, se puede apreciar un conocimiento profundo de los estados anímicos, las necesidades monárquicas y otras anécdotas particulares, donde “Lo real que pinta aquí Sofonisba es lo que debería ser (…) se apega a la verdad, esté en la realidad o en la necesidad”. Son estas historias, el simbolismo, a veces vuelto misterio, que yace atrapado en los lienzos, lo que seguramente sedujo a la autora respecto del personaje histórico Sofonisba. Bien podríamos contar la novela destacando los cuadros reales (unos de la realeza otros no, pero ambos anclados en la realidad) de la pintora renacentista. Ésta, sin ser la única porque ya se sabe que la plástica es uno de los temas recurrentes de Carmen Boullosa, es una especie de novela-galería, y su autora la curadora que nos sabe conducir por las salas de un museo lleno de acciones y mensajes para interpretar.

Tener la oportunidad de mirar al arte como un verdadero actor social y político, porque no era lo mismo un rey retratado con armadura que con un rosario en mano o flores de lis sobre la mesa, hace que esta lectora, al cerrar el libro, se desilusione por los días que le tocaron, en los que el respectivo personaje aparece incidental, lejano y por mucho menospreciado. Se entristece, pero rápido se le quita cuando piensa que el día que encuentre a su Renzo (si existe) no habrá razones nobiliarias (al menos no esas) para no casarse con él si ella así lo quisiera. Lo duda pero se alivia.

El motivo de la escritora para sospechar la desdicha amorosa de la hija mayor de los Anguissola es un autorretrato pequeñito en el que enlutada, carga un medallón desproporcionado para su cuerpo, que contiene las iniciales que podemos adjudicar a sus hermanas, además la A del apellido familiar y una R y K por las que Boullosa, en la labor de completar los huecos históricos con imaginativa literaria, construye a Renzo Klotz, aprovechando a Matías Klotz, un lutier sucesor de Amati y antecesor de otro tal Stradivarius. Alrededor del medallón: “IPSIVS MANU EX SPECVLO DEPICTAM, CREMONAE SOFONISBA ANGVSSOLA VIRGO”, o bien, “Esto lo ha pintado usando un espejo, Sofonisba Anguissola de Cremona, la virgen.” A lo que Carmen nos convoca a leer además: “Visto de negro. Vivo sin Renzo, aunque él ha pedido mi mano. Pero soy de él. De nadie más. Y todo esto, aunque pese, me enorgullece. Que nadie me tenga lástima (…) Yo soy virgen y me ufano. Amén.”

En el trance tortuoso de amarse, Renzo y Sofonisba navegan, cada cual por su lado, una Italia multicultural llena de arte, humanismo y “hombres extraños que no le tenían miedo a Dios o le tenían demasiado”; un mar “que hablaba de la luz (…) como si fuera lo más importante de la tierra” y una España de reyes caprichosos, “rencillas, desorden, derroches”. En la tripulación: el mal genio del genio Miguel Ángel; una bruja-poeta africana que baila con la voz y canta con el cuerpo la historia de su pueblo; la fantasía como llamas que cuajan la tragedia; negros, alemanes, flamencos, moriscos, el nieto de Moctezuma…

Con un narrador que se deja intuir femenino, por el tono de cuento de hadas, de chisme en la cocina, por la sensible y a veces indiscreta cercanía, hace Carmen Boullosa este libro-galería, libro-barco, ensofonisbada, como ella repite en cada entrevista, que entiendo sinónimo de engolosinada casi empalagada (¿yo? Carmen no), porque hasta la fonética hace que: Sofonisba Anguissola, Sofonisba Anguissola, de vueltas en la cabeza sin querer salirse de ahí, justo como le pasa a Renzo frente al balcón, porque así es lector: en un balcón tenía que ser y de noche tenía que ser y con la luna mirona tenía que ser cuando Renzo: “se repitió el nombre una y otra vez, en silencio, agitándolo adentro de su cabeza, sacudiéndolo frente a su corazón, moviéndolo alrededor de la lengua. ¡Sofonisba! ¡Sofonisba! ¡Le sabía a caramelo! Tenía ganas de hablarle.”~

Devaneos de amor, triunfos del arte,
¿qué sois, hoy que a dos muertos me avecino?
Una es segura, la otra amenazante.

MIGUEL ÁNGEL, “Desengaño”

*Carmen Boullosa. La virgen y el violín. México: Debolsillo, 2010.
1 No confundir con La dama del armiño de Leonardo Da Vinci, en la que su modelo sujeta un armiño, animalito parecido a un hurón, a diferencia de ésta que viste un abrigo de supuesta piel de armiño pero que en realidad es de lince.

Para más Ficino…
Para más Boullosa…
Para más Sofonisba…

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